




Evolandia no es Hugolandia
Publicado en la revista Nexos de septiembre de 2006
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
Hace tiempo observo que se ha vuelto lugar común, al referirse a los gobiernos de izquierda en América Latina, trazar una forzada línea divisoria entre los gobiernos que siguen el ejemplo socialdemócrata y reformista, “respetuoso de las instituciones y las leyes del mercado”, de quienes se aventuran por el “irresponsable camino del populismo y el nacionalismo”.
Se dice, mientras los primeros persiguen a figuras sensatas como Ricardo Lagos o José Luis Rodríguez Zapatero, los segundos se asimilan a demagogos y radicales como Hugo Chávez, Fidel Castro y, ahora también, Evo Morales.
Estas concepciones, frente a las que no es inmune la propia izquierda, no están muy lejos de la visión que sobre América Latina tiene una buena parte de la derecha en la región y de los sectores más conservadores de Estados Unidos.
Ese reduccionismo analítico revive la idea de “ejes del mal” propios de la Guerra Fría y asume por contigüidad, de forma fácil, la existencia de una “izquierda buena” y una “izquierda mala”. Un enfoque que no aporta mucho cuando se trata de entender la compleja realidad que vive América Latina.
La adopción de formas más o menos socialdemócratas, populistas o radicales no es una simple elección académica o doctrinaria a la cual adscribe un partido o un gobierno, sino el resultado de las posibilidades que ofrece la realidad. De distintos procesos políticos, tipos de sociedades y funcionamiento de las instituciones.
Por arcaísmo intelectual o por mera holgazanería, algunos limitan la comprensión de la Bolivia de Evo Morales a una expresión más del populismo de Hugo Chávez, como si nada distinguiera a uno del otro o como si gobernaran países idénticos con la misma historia. Nada más alejado de la realidad.
Viajé a Venezuela, en agosto de 2005 y a Bolivia en marzo de este año para conocer adentrarme en sus situaciones políticas y tener mi propia visión de lo que allí acontece. En un artículo publicado en estas mismas páginas, vertí mis observaciones sobre el régimen bolivariano . Vale la pena ahora referirme a la segunda experiencia.
Y es que más allá de las simpatías personales entre líderes, del padrinazgo que uno pueda ejercer sobre otro o de los alineamientos estratégicos que en gestación, Hugolandia y Evolandia son mundos distantes. En el último caso, la crítica a Morales tal vez admita un desagravio.
I
Aunque quisieran parecerse, mientras Hugo Chávez –y su Movimiento V República-- es una construcción política surgida esencialmente en torno al carisma y la personalidad de un caudillo, Evo Morales –y el Movimiento al Socialismo (MAS)-- es un producto amplio y diverso de movimientos sociales. Si uno irrumpió desde lo militar, el otro lo hizo desde el movimiento sindical.
Nunca está de más conocer la Historia. Los orígenes del MAS se remontan mediados de la década del ochenta, cuando Víctor Paz Estensoro instrumentó una política de privatizaciones que afectó particularmente a los mineros del estaño y condujo al desempleo a miles de ellos. Sin mayores alternativas, la otrora fuerza sindical más importante del país, trasladó su actividad a la única opción rentable: la sagrada hoja de coca. Así, de la mano de una nueva generación de campesinos militantes, puso en marcha grandes sindicatos cocaleros en la región de El Chapare y Los Yungas .
Ante la debilidad de la clase obrera, a principios de los noventa estas federaciones sindicales se habían convertido en una auténtica vanguardia de las transformaciones sociales que fueron creciendo de manera notable para oponerse a las políticas de erradicación forzosa de la hoja de coca. Muy pronto crearon su propio brazo político - electoral –la Asamblea por la Soberanía de los Pueblos (ASP)— desde la cual comenzaron a participar en elecciones municipales.
Con el tiempo, la agrupación fue ampliando sus demandas y su dimensión política. Sus luchas trascendieron lo exclusivamente gremial y alcanzaron reivindicaciones nacionales, frente a una derecha cada vez más localista. Así se fueron sentando las bases del MAS. Al tiempo que se consolidaba un movimiento - partido, la sociedad boliviana comenzaba a movilizarse espontáneamente ante la ausencia de legítimos representantes y frente a un gobierno dispuesto a llevar al extremo más dogmático la idea del Estado mínimo.
En 1997, dos días antes de concluir su primer mandato, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada emitió un decreto de dudosa constitucionalidad (para algunos flagrantemente inconstitucional) que permitía la propiedad de una gran empresa multinacional sobre el gas natural en su origen. Ello significaba que el gas era boliviano mientras permanecía bajo tierra, pero la propiedad de bombeo y venta pasaba a ser parte del Grupo Pacific, del cual participan Repsol - YPF y British Petroleoum.
Si bien el acuerdo original con las empresas estipulaba un reparto a medias entre el Estado y las corporaciones privadas, Sánchez de Lozada incluyó una cláusula secreta en la que los “nuevos pozos” serían explotados con un porcentaje para el Estado boliviano de sólo el 18%, mientras que el 80% restantes correspondería a las multinacionales. Así, Bolivia vendía un millar de pies cúbicos de gas a Estados Unidos al irrisorio precio de 0,7 centavos por dólar. La cifra no sólo era inferior a la que se le ofrecía entonces a Brasil, sino muy por debajo del 2,70 que costaba el gas al empobrecido pueblo boliviano .
Ni lento ni perezoso, el entonces diputado Evo Morales denunció desde su curul parlamentaria (el MAS tenía sólo cuatro diputados, uno por cada zona cocalera) la estafa que se cometía. Unos días después, el dirigente fue expulsado de la Legislatura, acusado de utilizar su inmunidad parlamentaria para soliviantar a los campesinos. La proscripción, naturalmente, no hizo más que fortalecer su liderazgo .
La sensación de estafo comenzó a crecer entre los bolivianos y fue candela en los movimientos sociales. Entre éstos se fue propagando la creencia de que podrían salir de la miseria con los miles y millones que se podrían obtener del dominio de sus recursos naturales estratégicos. En distintos puntos del país comenzaron a gestarse una serie de luchas centradas en su defensa.
La mecha se encendió en abril de 2000, cuando se produjo en la ciudad de Cochabamba la llamada “Guerra del Agua”. La población salió a las calles espontáneamente para hacer retroceder un contrato concedido a una multinacional que pretendía manejar el negocio del vital líquido con incrementos en las tarifas que superaban el 100 por ciento.
El crecimiento y el impacto de esta movilización dieron como fruto una nueva forma de participación política por fuera de los partidos o las estructuras tradicionales, a través de asambleas, redes y movimientos autogestionarios, que en parte dieron origen al llamado Estado Mayor del Pueblo, hoy uno de los principales sustentos de ciudadanía que tiene Evo Morales fuera de la estructura del MAS.
En septiembre de 2000, un gran bloqueo protagonizado por sectores campesinos e indígenas dejó a la ciudad de La Paz sin abastecimiento durante varios días. No se veía algo igual desde que el legendario Túpac Katari sitió esa ciudad en tiempos coloniales. Con esa simbólica connotación, los indios habían llegado al centro de la escena política boliviana para quedarse.
Aunque el dirigente que entonces saltó a la palestra fue el radical Felipe Quispe –con un discurso que reivindicaba la indianidad hasta el punto de excluir a los blancos --, a la larga el discurso más incluyente de Evo Morales habría de capitalizar esa creciente movilización.
Para las elecciones de 2002 Evo se presentó por primera vez a una presidencial. Ocurrió entonces un fenómeno que ejemplifica como ningún otro la torpeza de la actual política estadounidense hacia América Latina y el grado en que el antiimperialismo se ha convertido en capital político para ciertos líderes en la región:
El entonces embajador en Bolivia, Manuel Rocha, tuvo la genial idea de declarar públicamente que si Evo resultaba electo, su gobierno reconsideraría cualquier forma de ayuda en el futuro y que la relación comercial entre ambas naciones entraría en una fase de peligro.
Esa intromisión generó tal indignación que Evo aglutinó inmediatamente al electorado nacionalista, logrando así captar un inesperado caudal de votos: 20,9% De esa forma, el dirigente cocalero se consagró inmediatamente como la segunda fuerza política del país, a un escaso 0,6% de ganar la elección. Con los más de seis puntos porcentuales que obtuvo Felipe Quispe, la izquierda había obtenido más votos que la derecha. Las cartas estaban echadas, aunque faltaría derramar sangre, sudor y lágrimas.
Sánchez de Lozada inició entonces su efímera segunda presidencia, llena de dificultades, en un escenario marcado por la ingobernabilidad, el asedio permanente de los movimientos sociales y la falta de aliados políticos en el Congreso. Llegó así el crispado 2003 y esas escenas que conmovieron al mundo. En septiembre, una huelga general indefinida paralizó a varias ciudades del país. En octubre, los indios comenzaron a bajar de la ciudad de El Alto para exigir la renuncia del presidente.
Hubo bloqueos, desabastecimiento y más de ochenta muertos. Los daños podrían haber sido mayores de no ser porque el 15 de octubre de 2003, Sánchez de Lozada –en una de esas imágenes que se han vuelto usuales en Sudamérica-- abordó un helicóptero y escapó rumbo a Miami.
El episodio de aquellas semanas --conocido como La Guerra del Gas--, unificó a los partidos de izquierda y a un movimiento social, hasta entonces diseminado regionalmente, en torno a una consigna nacional: que Bolivia --con la segunda reserva más grande de gas natural en América del Sur-- debía recuperar los beneficios provenientes de su explotación.
Ese sentir sería más tarde reafirmado en una consulta popular convocada por el gobierno de Carlos Mesa, y así tuvieron que empezar a entenderlo las fuerzas políticas (de hecho en la última elección todas las plataformas políticas de los candidatos proponían alguna forma de nacionalización de los hidrocarburos). Pero Evo Morales y los suyos lo plantearon con más contundencia que nadie.
Algunos han sugerido que Morales estuvo detrás de la caída de Sánchez de Lozada. Lo cierto es que su papel en los episodios de octubre fue secundario . En realidad, si se compara la forma en que uno y otro irrumpió en la escena política, no hay en Evo Morales nada que se le parezca al pecado original de un chavismo sublevado en los cuarteles.
Evolandia y Hugolandia viven bajo la presencia de fuertes liderazgos carismáticos que tienen aspectos asimilables a un populismo redistributivo, posible gracias a la renta que ofrecen los hidrocarburos. Sin embargo, --y pésele a quien le pese--, las credenciales democráticas y los componentes de ciudadanía de uno y otro no son iguales.
II
El Movimiento V República, en Venezuela, y el Movimiento al Socialismo, en Bolivia, se asemejan en su retórica antiimperialista y en su discurso antineoliberal. Ideológicamente, se parecen en su carácter popular y en su defensa encendida de los más pobres. La formación ideológica de los cuadros del MAS, sin embargo, es variopinta y mucho más vasta. Se trata, en términos generales, de un conglomerado de corrientes y tendencias que lo hacen más plural y diverso.
En el MAS coexiste una vertiente marxista - guevarista, encabezada por Antonio Peredo; una vertiente nacionalista - sindical, de Andrés Soliz Rada, hoy ministro de Hidrocarburos, un corriente surgida del encuentro entre la izquierda socialista y el indigenismo --cuyo máximo referente es hoy el vicepresidente Álvaro García Linera, cada vez más socialdemócrata-- y una serie de cuadros tecnócratas que han sido invitados al gobierno, partidarios de un Estado fuerte que impulse un capitalismo nacional, como el ministro de Desarrollo Sostenible, Carlos Villegas --otrora uno de los principales asesores económicos del MAS--, y el poderoso empresario cruceño Salvador Ric, ministro de Obras.
El MAS es una federación de corporaciones populares --mezcla de izquierda rural y urbana, sindicalismo e indigenismo-- en el que coexisten, de forma no siempre resuelta, prácticas típicamente sindicales y de movilización social, con las propias de una estructura partidaria. A diferencia de lo que ocurre en el Movimiento V República, se nutre de un conjunto de agrupaciones sociales que tienen una relación directa y regular con sus “bases”, lo que le da un dinamismo propio a su acción política.
Evolandia y Hugolandia se asemejan en su carácter popular, pero difieren en su composición social. El aspecto fundamental que diferencia a Evo de cualquier otra experiencia de liderazgo de izquierda en América Latina es el elemento indígena. Bolivia es una nación mayoritariamente india, donde el mestizaje –a diferencia de lo ocurrido México, o incluso de Perú o Ecuador— fue porcentualmente mucho menor. Incluso Venezuela, con sus 33 etnias, está muy lejos del porcentaje de población indígena que existe en Bolivia
Aquí, unas dos terceras partes de la población se identifica con alguno de los 37 grupos étnicos del país. Cada uno de estos grupos se asume como una patria en sí misma. En consecuencia, la discriminación contra esos pueblos no es la de una mayoría frente a una minoría (el debate supera el reconocimiento de “usos y costumbres”), sino la de una elite blanca reducida que sojuzgó históricamente a las mayorías, un poco a la manera de Sudáfrica.
El programa del gobierno de Evo Morales, en este aspecto, es radical, aunque seguramente no al grado de ciertas tesis antioccidentales del MAS y de otros movimientos indígenas como el de Felipe Quispe. En todo caso, la postura que parece haberse impuesto en el nuevo gobierno es el más razonable de todas: la que expresa el sociólogo y vicepresidente Álvaro García Linera: Que Bolivia –siendo una sociedad multicultural— debe constituir, también, un Estado multicultural.
Durante una conversación en el Palacio de Gobierno, García Linera lo explicó en estos términos: “En nuestro país tienen que convivir distintas lógicas civilizatorias. Tenemos que hacer coincidir la racionalidad moderna, industrial, mercantil y urbana con la lógica comunitaria que está ahí y va a estar durante los siguientes 50 años. Hay que aprender a convivir con esa lógica comunitaria, en vez de que aparezca o emerja en cada bloqueo o en cada insurrección”.
Quienes hoy gobiernan Bolivia están guiados por la casi religiosa convicción de “desmontar el colonialismo interno”. En el conceptualización de este ideólogo del marxismo-indigenismo eso implica “la extinción del capital étnico como un componente definitivo en la formación de clases sociales” .
III
Para concretar su ambicioso programa político, Evo y los suyos han apostado todas sus cartas a la aprobación de una nueva Constitución para refundar el país. Es cierto, también el presidente Hugo Chávez lo hizo. En su caso, le cambió hasta el nombre, le dio una orientación oficial bolivariana, decretó la creación de un Estado social de derecho y le dio un estatus jurídico a la democracia participativa. Pero Chávez modificó además las estructuras de poder, desmantelando las instituciones preexistentes, e inició una creciente concentración del poder en sus manos.
No tengo demasiadas evidencias de que el Constituyente boliviano esté orientado a concentrar el poder del Estado en manos del Ejecutivo como ocurrió con la República Bolivariana. Salvo por un asunto discutible: el intento por establecer la reelección presidencial inmediata. En una animada conversación con Antonio Peredo, presidente de la Comisión de Constitución del Senado (hermano de los legendarios guerrilleros Coco e Inti Peredo), le cuestionamos, con cierto ánimo provocador, si –a la manera de Hugo Chávez-- el MAS promovía el Constituyente para perpetuarse en el poder. Algo molesto respondió:
“Eso es algo que dicen ustedes, los periodistas, pretendiendo que si lo repiten se va a convertir en verdad absoluta. No hubo ninguna necesidad de hacer una reforma constitucional para perpetuar en el poder a Víctor Paz Estensoro, que fue cuatro veces presidente entre 1952 y 1989, cuando mandó sobre un partido que gobernó junto a dictaduras militares (...) Estamos pensando hasta en cuatro o cinco presidencias. Pero eso no quiere decir que en ese proceso no se dé la necesaria participación de otras personas y otras fuerzas”.
Más allá del exabrupto, lo que se puede rescatar de la respuesta de Peredo es un esfuerzo del gobierno de Morales por desplegar una estrategia de negociación –y se ha podido constatar en hechos—capaz de procesar la diversidad del país.
En una conversación más sosegada, Waldo Albarracín, Defensor del Pueblo de Bolivia (un hombre progresista, aunque no un integrante del MAS), explicaba: “La Asamblea Constituyente es básicamente una tarea política. Se trata de que por primera vez se sienten a pactar sectores que por su clase social o su pertenencia étnica han tenido posturas irreconciliables y nunca antes se han sentado a hablar. Tenemos que lograr que lo hagan para viabilizar la construcción de una nueva identidad nacional.”
Hasta donde se logró observar, la estrategia de consenso ha quedado demostrada en el propio proceso a través del cual el Parlamento aprobó, con el consenso de todos los partidos, la convocatoria a la elección del Constituyente. En éste no sólo estarán representados los partidos políticos: estará abierto a las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas.
A cambio de esto, el gobierno cedió en su pretensión original de que los constituyentes sólo fuesen electos en circunscripciones uninominales por el principio de mayoría simple, con lo que habrá una significativa representación proporcional y la oposición obtuvo la aceptación del oficialismo para que se lleve a cabo un referéndum vinculante sobre las autonomías departamentales, reivindicación que desde hace tiempo vienen planteando los sectores conservadores del país.
La Constituyente será, por tanto, un ejercicio de toma y daca donde se pondrá a prueba la capacidad de negociación del gobierno de Evo Morales.
IV
La retórica de Hugo Chávez despierta más pasiones que razones. Algo similar ocurre con Evo Morales. Se los ama o se los odia. La izquierda radical, que perdió a su referente soviético y se vació de ideas, ha encontrado en éstas figuras una nueva idolatría, como lo han hecho también los “movimientos antiglobalización”. En el espectro contrario, la oligarquía reaccionaria, que en el pasado hizo excelentes negocios en estos países, teme perder sus privilegios, reacciona con virulencia y ve en estos líderes a “malosos” y villanos.
Unos y otros atribuyen a Chávez y a Morales un carácter radical desproporcionado que no se compadece con la realidad de su conducta política. En el caso que nos ocupa, Evo viene transitando un camino de moderación desde hace varios años.
Podría decirse incluso en el pasado reciente ha sido un factor estabilizador en medio de un clima de agudo encono social. Morales apoyó el nombramiento de Carlos Mesa como sucesor de Sánchez de Lozada y fue uno de los aliados que le permitió sostener la primera fase de su presidencia.
Hizo una campaña en la que logró tender puentes hacia los sectores medios, los organismos no gubernamentales y la Academia. En su fórmula a la Vicepresidencia incluyó a un candidato que, por su perfil intelectual y su discurso moderado, fue capaz de tender puentes hacia la clase media blanca y mestiza. Ya en el gobierno, García Linera es una voz de pragmatismo y sensatez y uno de los cuadros políticos con mayor visibilidad, a pesar de ser criticado por algunos sectores radicales del MAS.
Al poco tiempo de ganar las elecciones, el Vicepresidente descartó que el triunfo de Evo Morales abriera la posibilidad de avanzar en una perspectiva socialista en un horizonte próximo. Especialista en acuñar conceptos, propuso una alternativa: la de construir un “capitalismo andino-amazónico”. Un Estado fuerte que regule la expansión de la economía industrial, extraiga sus excedentes y los transfiera al ámbito comunitario para potenciar formas de autoorganización y de desarrollo mercantil adaptables a las comunidades indígenas.
Aunque la nacionalización de los hidrocarburos decretada por el gobierno de Morales ha sido interpretada como un acto radical, si se examinan los pormenores del caso y la irresponsabilidad con la que se manejó la política hidrocarburífera durante los gobiernos previos, se antoja como una decisión de unidad elemental, sino es que, simple y sencillamente, como un estrategia de supervivencia.
La decisión hubiera sido extrema si el gobierno hubiese impulsado una vía confiscatoria. No sólo porque ello hubiera implicado el pago de indemnizaciones cuantiosas, en una suma superior al total de su deuda externa, sino además porque hubiese generado una ruptura con las empresas extranjeras, con su consiguiente asilamiento internacional.
Lo que se hizo fue dar marcha atrás a una decisión inconstitucional -- nula de pleno derecho, pues nunca fue aprobada por el Parlamento--, bajo un recurso que está reconocido en el Derecho Internacional. Además en Bolivia ya se nacionalizaron los hidrocarburos en dos ocasiones: la primera fue en 1935 --antes que México--, y la segunda en 1969. Lo que hizo el gobierno de Morales fue dar marcha atrás a una decisión inconstitucional –así establecida por un tribunal--, bajo un recurso que está reconocido en el Derecho Internacional.
Aquí, Evo recurrió a una estrategia de fuerza, cuyo objetivo final es maximizar sus posibilidades a la hora de negociar. Si bien el decreto establece que el gobierno obtendría el 80 por ciento de las ganancias por concepto de impuestos, regalías o “participaciones”, lo cierto es que hay un margen para que finalmente este número se reduzca al 50 por ciento .
V
Hace unos meses, Ludolfo Paramio señalaba que la reemergencia del populismo redistribuidor en América Latina obedece a la crisis de los partidos tradicionales, al descrédito de las elites políticas y la fragilidad de los sistemas democráticos e institucionales . Hay que decir que no es menos importante el fracaso de las reformas estructurales impulsadas durante los años noventa y la creciente concentración del ingreso en una región que es, de suyo, la más desigual del mundo.
Ese populismo que, para algunos se extiende por la región como un virus, que “divide a la sociedad de forma maniquea entre sectores populares y oligárquicos” y basa su discurso en la confrontación, tal vez no esté haciendo otra cosa que sincerar lo que son en realidad nuestras sociedades, divididas al extremo en clases y estamentos sociales.
Es cierto, Hugo Chávez y Evo Morales (también ocurre con Néstor Kirchner) recurren al conflicto –muchas veces al conflicto entre clases sociales-- como forma de hacer política y de construir poder. A algunos eso les preocupa en demasía. Sin embargo, tal vez no se hayan puesto a pensar que el conflicto --siempre que no haga uso de la violencia-, no siempre tiene connotaciones negativas. En todo caso, hay que distinguir entre conflictos inevitables y conflictos inexplicables.
Cualquier política que pretenda realmente transformar sociedades como las nuestras tendrá que asumir y administrar cierto grado de conflicto. Lo otro es la paz de las catacumbas. Si la política es siempre así, se vuelve conservadora. Si el conflicto es sabiamente manejado, si no se provoca de forma innecesaria, puede ser necesario para hacer posible una realidad distinta.
Tal vez en 20 o 30 años, el rasgo más distintivo de esta época no sea el de un populismo que se extendió por la región como un virus desde Hugolandia hasta Evolandia, sino la de un momento de la historia en el que se renovaron las elites, inició una ampliaron de los derechos económicos, sociales y culturales y comenzamos a revertir nuestra dramática desigualdad.
Muchos quisiéramos que en América Latina un momento de transformación como ese sea conducido por una izquierda moderna, que convoque a los ciudadanos, en lugar de manipular a las masas; que apele a hombres libres, en vez de recurrir seguidores y clientelas y que utilice el argumento y la discusión racional en lugar de la retórica fácil y el denuesto.
Pero hasta ahora, salvo excepciones, esa no es esa la realidad política y social capaz de construir una nueva mayoría en nuestros países. Aceptemos entonces que existen distintas izquierdas y abramos un camino para el diálogo entre éstas, posibilitando así la eventual conformación de alianzas.
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