lunes, 29 de enero de 2007

Elecciones en Uruguay






Un buque cargado de esperanzas
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
Publicado en la revista Voz y Voto de diciembre de 2004

El ferry está a punto de zarpar cargado de expectativas. Más de dos mil uruguayos, de los tantos que viven en Argentina, atravesarán el ancho Río de la Plata que separa Buenos Aires de su República Oriental. El mate que han de beber tiene el dulce sabor de la victoria. Al igual que los pasajeros de este barco, unos 30 mil volverán durante estos días para sufragar mayoritariamente por el Frente Amplio.

Una décima parte de los uruguayos vive en el exterior. Durante los últimos años, esta nación, otrora “la Suiza de América”, llevó al exilio económico a casi medio millón de personas, en una población que apenas supera los tres millones. No por otra razón, blancos y colorados –en el poder desde hace más de 170 años- jamás habrían facilitado una reforma que facultara el voto en los consulados.

Uruguay ha vivido durante los últimos años bajo el síndrome de la decadencia, de la depresión y el abatimiento. El saldo que dejó la crisis de 2002 fue desolador: cerca de 900 mil pobres, 600 mil desempleados, miles de jóvenes emigrantes y una deuda externa que supera el total de su Producto Interno Bruto . Proporcionalmente, Uruguay es el país más endeudado de América Latina.

Quienes viajan en este buque podrían hacer la diferencia en esta elección. De sus votos tal vez dependa que el Frente Amplio evite una segunda vuelta electoral donde blancos y colorados intenten aliarse para evitar su triunfo. Ya en 1999 ocurrió que el Frente fue el partido más votado en el país, pero los partidos tradicionales frenaron su llegada al poder en la segunda vuelta.

Como siempre, la mejor manera de ganar es sentirse ganador antes de serlo. Por eso la embarcación celebra el triunfo con candombes y murgas típicamente uruguayas. Siempre con este canto: “Y ya lo ve y ya lo ve, el presidente Tabaré”. Unos cuantos encima animan a las tropas: “Mira qué bonito mi voto es, rojo, azul y blanco del Frente es”. Las censuras contra la vieja política también están presentes: “Salta, salta, salta, pequeña langosta, Blanco y Colorado son la misma bosta”.

Durante el fin de semana, Montevideo es un carnaval y sus calles una fiesta. Por todo el centro de la ciudad desfilan caravanas de automóviles que ondean banderas del Frente Amplio. Festejan la culminación de una historia que comenzó en 1971, bajo el liderazgo del general Líber Seregni, cuando se conformó el primer Frente Amplio, hoy una alianza de 17 organizaciones que abarca todo el espectro de las izquierdas: desde los que todavía defienden la “pureza ideológica del marxismo”, como el Movimiento 26 de Septiembre hasta la izquierda moderada y librecambista, cuya corriente encabeza Danilo Astori.

Aunque ninguno de sus componentes sea hegemónico, la fuerza del ex tupamaro José Mújica, quien lidera el Movimiento Popular del Pueblo (MPP) alcanza por lo menos un 30% de la votación y es muy popular entre los jóvenes. Se trata de una fuerza que ha sido tradicionalmente radical, aunque se ha moderado significativamente en esta elección.

Acostumbrados a una izquierda históricamente dividida, marcada por su carácter faccioso, el primer dato que llama la atención a quien realiza turismo político en estos parajes es que fuerzas tan distintas hayan aprendido a convivir civilizadamente para transformarse en una opción de poder y transformación. Una primera respuesta está en el sistema electoral. La izquierda uruguaya tiene de todo y para todos. El complejo sistema, basado en la acumulación de votos por lema, aunque desapareció en la elección presidencial en la última reforma constitucional, aún se conserva en el Senado y la Cámara de Representantes. Ello permite que sean los electores, en las urnas, quienes decidan la corriente y el candidato que mejor los representa dentro del propio partido. Un sistema así reduce sustancialmente disputas internas y pugnas entre facciones que buscan controlar la organización y copar el mayor número de candidaturas y puestos.

Sin embargo, es en la historia donde se encuentran las mejores explicaciones. Vale la pena analizar la trayectoria del Frente Amplio porque hoy constituye la experiencia de unificación dela izquierda más prolongada en América Latina. Antecedida en los años cincuenta por la unidad entre sindicatos comunistas y socialistas que formaron una central única de trabajadores, los primeros experimentos de unidad partidaria se gestaron en los años sesenta. Desde entonces la izquierda logró percibir que los partidos –tan antiguos en Uruguay como la nacionalidad misma- comenzaban a mostrar sus primeros signos de debilidad y que con el paso de los años dejarían de representar a la totalidad de la ciudadanía.

El surgimiento la coalición frenteamplista, en 1971 y su futuro avance electoral fue posible gracias principalmente a la unión entre socialistas, comunistas, demócrata-cristianos y una amplia gama de movimientos sociales . A diferencia de los procesos de unificación de la izquierda en nuestro país --primero a través de la Coalición de Izquierda, en 1976, y luego del PSUM, en 1982- la izquierda uruguaya estuvo mucho menos dominada por un partido comunista como ocurrió en México y evitó la tentación de concebir la unidad como la ampliación de una de sus partes. En Uruguay, también jugó la incorporación de grupos escindidos de los partidos tradicionales como Zelmar Michelini y Alba Roballo, del Partido Colorado. Estas personalidades que se sumaron a la creación del Frente tenían experiencia de gobierno y a caso una mayor vocación de poder.

La unidad que nació con la premisa de no excluir a nadie no fue ideológica sino programática. Se dio libertad a cada uno de los integrantes para decidir libremente sus alineamientos internacionales –muy importantes hasta 1989- y se construyó un programa político a partir de puntos comunes de acuerdo. Además, ya el primer programa del Frente Amplio presentado en 1971 tenía una concepción reformista.

De las 30 medidas que lo conformaban ninguna de ellas era de corte revolucionario. En general, se trató de planteamientos de aplicación sobre la realidad económica y social dentro de una economía capitalista que no apuntaba a la socialización de los medios de producción como históricamente planteó (e incluso a la fecha plantea) el Partido Socialista del Uruguay. Fue a través de la discusión de un programa y la disposición a ceder, incluso en aspectos de identidad histórica, lo que permitió la conformación de una izquierda unida y con posibilidades de llegar al poder.

El Frente Amplio logró ir más allá de la figura de un líder o un caudillo y no limitó sus polémicas internas al reparto de cuotas de poder. Fue creado, a la vez, como una coalición de partidos y como un movimiento. En cierto sentido, ello le ha permitido funcionar como un partido de redes con modalidades de participación que no se limitan a las formas tradicionales de militancia política, logrando sumar un importante capital de ciudadanía. El Frente es rico en pluralidad y tiene la característica de funcionar como una unidad amplia donde las decisiones se toman por consenso, sin mayorías aplastantes y con márgenes para la diferencia. Además, un mecanismo permite a las minorías reservarse las cuestiones que consideran fundamentales .

Naturalmente, no todo ha sido miel sobre hojuelas. Creado el Frente, los grupos que poco tiempo antes habían optado por la vía de las armas y conformaron una guerrilla urbana -el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros -- mantenían un pie en la clandestinidad y otro en la legalidad. Cuando el Frente se formó trataron de colarse de forma encubierta a través del Movimiento 26 de Marzo con acciones que buscaban radicalizar.

En la serie de testimonios que recogió Martha Harnecker con quienes eran entonces los líderes del Frente Amplio, Juan Pablo Terra asegura que ello entorpeció los esfuerzos tendientes a la conformación del Frente . La guerrilla fue entonces uno de los pretextos para desencadenar la represión y el país entró en la moda de las dictaduras militares –menos frecuentes en la historia del Uruguay de lo que han sido en Sudamérica-, que llevaron a la cárcel y al exilio a un gran número de frenteamplistas.

Siguieron así once largos años de una resistencia en los que la dictadura, aunque se lo propuso, no logró destruir al Frente Amplio. Desde la cárcel, algunos de sus líderes continuaron dirigiendo el movimiento que organizó varios comités en el exterior. La represión y la tortura unificaron a los integrantes de corrientes que hasta entonces habían estado dispersas, pero además le enseñó a una izquierda –todavía ortodoxa en muchas de sus concepciones- a recuperar el valor de las libertades individuales y la democracia, así como a abandonar muchas de sus actitudes antisistémicas.

A tal grado fue aquello que fueron liderazgos del Frente (junto con el Partido Colorado) fueron los que negociaron el retorno de la democracia, a pesar de que su máximo líder, el siempre paciente Líber Seregni, estuviese aún proscrito. Una importante dosis de moderación por parte de la izquierda permitió alcanzar en 1984 el pacto de transición conocido como Pacto del Club Naval. Con el tiempo, el Frente fue reconfigurando su fuerza política y ampliando sus niveles de votación. Ya 1984 estuvo muy cerca de obtener, con un solo punto porcentual de diferencia, la votación que hizo presidente a Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado.

Al igual que en varios países de América Latina, la capital del país se convirtió en el polo de crecimiento opositor cuando en 1989 Tabaré Vázquez fue electo intendente de Montevideo, donde habitan casi la mitad de los uruguayos. Esta experiencia permitió revertir el espíritu de resistencia y oposición en el que se había educado la izquierda y formar uno de cultura de gobierno. A diferencia de otros casos conocidos, la izquierda aquí no sólo logró inéditos grados de transparencia, sino que también fomentó una participación social no clientelista que se convirtió en el motor de una nueva cultura política en todo el país.

El gobierno de Tabaré, además, rompió con las formas tradicionales a través de las cuales se venía ejerciendo el poder y la ciudad cambió significativamente. Los resultados de su gestión fueron visibles y le permitieron reelegirse en 1994, rozando hacia finales de su gestión una aprobación superior al 40%. Si acaso un punto en contra fue el elevado gasto en publicidad, ampliamente denunciado por sus opositores .

Un elemento significativo del Frente Amplio fue concentrar gran parte de sus esfuerzos en promover formas innovadoras de participación democrática que han logrado movilizar significativamente a la ciudadanía. La realización de referendums populares promovidos por el Frente Amplio en 1992 sobre la “ley de Empresas Públicas y Reforma del Estado”, no fue mera demagogia, mostró su utilidad práctica para conservar el patrimonio nacional y evitar las privatizaciones que pretendía llevar a cabo el gobierno de Luis Alberto Lacalle. Con estas acciones se evitó el desmantelamiento de los recursos estratégicos del país como ocurrió, por ejemplo, durante el menemismo en Argentina. Gracias al efecto vinculante de este ejercicio, por el que se pronunció el 72% de los ciudadanos, Uruguay es el único país de la región que ha logrado frenar un plan de privatización a través del voto popular.

En el terreno de los liderazgos políticos, también el Frente Amplio tiene algo que enseñar. En 1996, cuando se cumplían 25 años de su fundación, Seregni, su máximo líder, supo que su tiempo había terminado y presentó su renuncia para dejar el timón en manos de un nuevo liderazgo. Aunque pretextó su desacuerdo frente a la reforma política que entonces se pactaba, lo cierto es que Seregni no buscó permanecer como un caudillo omnipresente y mostró la visión política necesaria para retirarse cuando era necesario.

Tabaré Vázquez reunía importantes condiciones para hacerse cargo de los destinos del Frente y presentarse como candidato a la presidencia. Aunque pertenecía al Partido Socialista no estaba vinculado a las viejas luchas internas de la izquierda ni era visto como un político tradicional. Tenía prestigio social y era muy respetado en el campo científico como uno de los más reconocidos oncólogos del país. Esos factores despertaban la simpatía de las clases medias y los sectores moderados.

Conversaciones con Tabaré Vázquez, de Carlos Liscano, lo muestra como un hombre trabajador que nunca pensó en hacer política. Un hombre que se expresa en un lenguaje directo, sin ser por ello demagógico o burdo. Es intelectualmente sólido, aunque no sorprende con ideas rimbombantes y tampoco tiene empacho en afirmar que sabe poco de economía. Lo que sabe –afirma- es trabajar en equipo. La gran fortaleza de Tabaré es un discurso que se diferencia sustancialmente de la vieja política.

Durante largos años el Frente luchó por alcanzar una reforma que acabara con la ley de lemas en la elección presidencial, pues a través de ese mecanismo blancos y colorados presentaban varios candidatos y la elección final siempre recaía en uno de ellos. Finalmente, en 1996 el sistema aceptó reformarse, pero no sin colocar una nueva trampa: el ballotage. Gracias a ese mecanismo una alianza tácita entre blancos y colorados permitió que en segunda vuelta Jorge Batlle ganara la elección presidencial, a pesar de que el Frente había triunfado en la primera ronda. Pero el triunfo de la izquierda estaba cantado. La crisis económica que azotó al país en 2002 le abrió el paso. Sólo faltaba un nuevo empujón.

El Frente necesitaba una dosis de pragmatismo que lo llevara al centro político y le permitiera ampliar y hacer más representativa su base. Fue así como se creó el Encuentro Progresista- Frente Amplio-Nueva Mayoría, una construcción que va más allá de la izquierda, donde concurrieron expresiones sociales descontentas del modelo económico y comprometidas a impulsar un proyecto de desarrollo alternativo. A este esfuerzo se sumó Nuevo Espacio, una corriente de izquierda moderna hoy liderada por Rafael Michelini (hijo de Zelmar Michelini). A pesar de que su arrastre electoral es modesto (ronda el 6%), su apoyo no podía escatimarse. Nuevo Espacio representa el éxito de una idea de partido de izquierda moderna, donde juegan la diversidad y el combate decidido a toda forma de discriminación; una realización exitosa de lo que en nuestro país trató de ser Democracia Social en 2000 y México Posible en 2003.

Durante los últimos años, el Frente hizo un gran esfuerzo por ganar el centro del electorado y ofrecer garantías a los sectores empresariales y a los organismos internacionales de crédito. En ello jugó un papel importante la inclusión de Darío Astori, líder de Asamblea Uruguay, una figura que en el pasado se ganó la antipatía los sectores más radicales por sus posiciones a favor de las privatizaciones y que rivalizó políticamente con el propio Tabaré. Pero los tiempos cambian y las necesidades políticas también. Cuando se barajaron nombres para hacerse cargo del importante ministerio de Economía, Astori era quien permitía acercar un número importante de sectores moderados del electorado --no necesariamente de izquierda--; tanto como a grupos empresariales a favor de políticas de reactivación. Así llegó el Frente Amplio a la elección del mes pasado.

Es lunes por la mañana. Agotados de un fin de semana de festejos regresan a Buenos Aires miles de uruguayos. Como se esperaba, sus votos hicieron la diferencia. Nueve mil de éstos permitieron que el Frente alcanzara el 50, 45% de la votación. Muy lejos quedó Jorge Larrañaga, del Partido Nacional, con un 34,3% El Partido Colorado, que tuvo una vida útil en el gobierno de casi 100 años, hoy está prácticamente hecho polvo Alcanzó solamente un 10,36% de la votación.

Tabaré se propone hacer un gobierno al estilo Lula. Sólo que a diferencia de lo que ocurrió en Brasil hace dos años, el Frente llega al gobierno en una posición de mayor fortaleza política. Su fuerza en ambas cámaras no es minoritaria como ocurre con el PT, sino que disfrutará de una cómoda mayoría en ambas cámaras. Desde hace por lo menos cuatro décadas que en Uruguay no había una mayoría parlamentaria. Aunque no podrá efectuar reformas constitucionales, tendrá margen para aprobar su propio presupuesto y decidir sobre un número importante de materias.

Los cambios tomarán tiempo y eso lo saben lo sabe una sociedad políticamente madura como es la uruguaya. El programa del Frente, sin embargo, hace una distinción entre lo urgente y lo necesario. Las tres prioridades esenciales del gobierno que tomará posesión el primero de marzo son instrumentar un Plan de Emergencia Social; impulsar “un proyecto de país productivo” y demostrar que se puede manejar al país con honestidad y transparencia. Algo podemos aprender de esta historia. Lo que sigue es un nuevo capítulo histórico.

MAS SOBRE URUGUAY

“La integración regional es prioridad para Uruguay¨, entrevista a Reynaldo Gragano, presidente del Partido Socialista del Uruguay.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=153417
16/XI/04

“En Uruguay nada que temer del FMI”, entrevista a Rafael Michelini, líder de Nuevo Espacio
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=151938
8/XI/04

No hay comentarios: