domingo, 28 de enero de 2007

Chavez o la ira de los pobres





Chávez o la ira de los pobres
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
(Artículo publicado en la revista Nexos en marzo de 2006)

Había una vez un país que se ubicaba entre los principales exportadores de petróleo del mundo; poseía reservas suficientes para mantenerse en combustión durante más de trescientos años y proveía al gran imperio estadounidense la mitad de todo su crudo importado. La nación parecía destinada al éxito.
El vital líquido oscuro daba para todo, aunque no siempre para todos. Durante cincuenta años permitió el progreso y la transformación física del país, fue capaz de mantener en auge a una burguesía rentista y dio de comer y beber a una élite que fácilmente se enriqueció en medio de un sistema estatal aceitado por los mecanismos de la corrupción.
Paradojas habituales de nuestra América, hacia el final de los años ochenta aquel petroestado se había convertido en uno de los países más desiguales del mundo. El 80% de su población se encontraba en situación de pobreza, el 20% en la desocupación y la capacidad instalada ociosa del país superaba el 50%
En 1989 vino una fuerte crisis en la balanza de pagos y la inflación se disparó hasta lo inadmisible. Su entonces presidente, Carlos Andrés Pérez, decretó un severo ajuste económico. Como consecuencia de las medidas instrumentadas, el pueblo salió a las calles a expresar su rechazo y a hacer justicia por su propia mano. De los supermercados tomaban lo que no podían obtener de forma lícita.
Aquélla expresión popular –el Caracazo-- fue reprimida violentamente en un momento en el que el modelo político bipartidista, que en incestuosa relación hizo coexistir a los socialdemócratas (AD) y a los socialcristianos (COPEI), comenzaba a desfallecer. Los viejos partidos gobernantes habían dejado de representar al país y de pensarlo, generando entre la ciudadanía una división que se iría acentuando cada vez más durante los siguientes años.
Desde tiempo atrás una conspiración había comenzado a fraguarse en los cuarteles. Se trataba de una logia de 200 militares, en la que el comandante Hugo Chávez Frías jugaba el papel más importante, y que habría de responder por el nombre de Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR-200). El ideario de aquél movimiento era una mezcla de los principios del padre de la patria de la otrora Gran Colombia, dentro de una concepción de la sociedad y la política que integraba, de forma contradictoria, las posiciones de una extrema izquierda, con las de una derecha de cuño militarista.
Según cuenta la leyenda, desde los 21 años aquel comandante se sentía predestinado por la historia ---un enviado que viene a completar la obra que dejó inconclusa ese padre-- y coqueteaba con la idea del gran asalto al poder. Desde entonces –a la manera de Napoleón-- se dedicó a esperar, siempre atento, “la hora histórica, el minuto estratégico y el segundo táctico”.
Su primer segundo táctico se produjo el 3 de febrero de 1992, cuando el presidente Pérez volvía de una gira por Austria. El golpe –cuya preparación difícilmente podía haber pasado desapercibida— fue velozmente sofocado. Rápidamente –y preparado para hacerlo--, el jefe de la asonada se dispuso a negociar.
El comandante aceptó rendirse siempre y cuando le permitieran dirigirse a la nación por televisión. Llegó entonces el segundo de inspiración: “Compañeros: lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”. El comandante pedía a todos los insurrectos deponer las armas y concluía: “Les agradezco su valentía y ante el país, y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimientos militar bolivariano.”
Dos fragmentos de su corta e improvisada declaración quedaron flotando en el aire. “Asumo la responsabilidad” y “por ahora”. Gustaban. El primero parecía una rareza en un país en el que los políticos habían quedado en el descrédito. El hecho de que, con semejante aire de bravura, un “político” se hiciera cargo de sus acciones, parecía insólito. Y luego ese “por ahora”… daba a su acción un aire de comienzo, más que de final.
Con los insurrectos tras las rejas, vinieron los años de Rafael Caldera, los últimos de la vieja clase política en el poder. En ellos se exacerba aún más el rechazo contra la política y los políticos, alimentado por los propios medios de comunicación. Tres años después de aquel golpe Chávez y los suyos son indultados y forman el Movimiento V República, a partir del cual pronto irán conformando una alianza política más amplia.
En un principio, su movimiento promueve el abstencionismo porque –argumentan-- el sistema electoral era “fraudulento, ilegal e ilegítimo”. El escenario empieza a modificarse cuando, un grupo de ex comunistas con Luis Miquelena a la cabeza, logran convencer a Chávez que, de no volcarse a la participación electoral, perderá la ascendencia que tiene en el país. Se veía claramente que había un gran vacío y el comandante podía ocuparlo porque su figura no tenía nada que ver con la política de las últimas décadas.
De aquella época proviene también la relación de Chávez con Norberto Ceresole –un sociólogo argentino --polémico personaje-- que había sido parte de Montoneros y cumplió más tarde distintos roles en movimientos latinoamericanos. Se especula que, con el tiempo, Ceresole alcanzó una gran influencia en Chávez y que sembró en el ex golpista una teoría que, sustentándose en la unión del ejercito y del pueblo en un movimiento cívico-militar, hacía necesaria la concentración del poder en un solo jerarca.
Para Ceresole, la fórmula de la victoria consistía en solidificar la ecuación Caudillo+Ejército+Pueblo, en una relación en la que la concentración del poder sería la herramienta imprescindible para operar e incidir en la Historia. Esta concentración, además, sería necesaria para la producción de un poder en medio de un entorno exterior agresivo. Así, la respuesta más eficaz sería incrementar un poder que Ceresole resumía como la suma ordenada de dos elementos: el amor activo del pueblo y la lealtad de los ejércitos.
En sus escritos, Ceresole plantea una democracia que vaya más allá del los presupuestos del enciclopedismo. La fórmula alternativa que propone, asumiría el nombre de “postdemocracia”. Entre sus valores, destacaría el mantenimiento de un poder concentrado, unificado y centralizado, garantizado siempre a través del poder de un caudillo. El entonces asesor de Chávez –enfrentado al hoy vicepresidente José Vicente Rangel y expulsado del país en 1999 en circunstancias poco claras-- llegó a especular, incluso, con una democracia sin partidos políticos en el sentido clásico y sin eso que consideraba “su parafernalia doctrinaria”.
Así, influenciado por estas concepciones –el tiempo demostró que calaron en el proceso venezolano--, el comandante se preparó a medir por primera vez su fuerza en las urnas. Nunca antes había competido por puesto alguno. Se había hecho a la idea de llegar al poder por la fuerza militar y –acaso— por la fuerza de sus convicciones, pero nunca a través de las reglas de la rancia democracia impuesta por la oligarquía

Para 1996, sin embargo, las simpatías que había ganado cuatro años antes, no habían logrado traducirse en una sustantiva intención de voto. A finales de ese año, difícilmente rozaba el 7 por ciento en las encuestas. La mayoría de los venezolanos se inclinaba entonces por la hermosa Irene Sáez, la otrora Miss Universo que había llevado a cabo una gestión exitosa al frente de una alcaldía caraqueña.
Irene –al igual que Chávez— era una outsider que había sabido aprovechar los tiempos modernos de la antipolítica, llegando a sumar un 49.2% de popularidad. Pero sus días estaban contados. Su debacle no tardó en ocurrir, cuando uno de los partidos tradicionales vio en ella la salvación y creyó que sobre su pecho luciría mejor la bandera de COPEI. Su popularidad se fue a pique inevitablemente.
Por fin una constelación estelar había alineado la hora histórica, el minuto táctico y el segundo inspirador. Luis Miquelena --algo así como el José Dirceu del venezolano, aunque menos capaz de domesticar a su presa--, logra persuadir a Chávez para que explicite su deslinde de la vía violenta y modere su discurso. Chávez acepta, aunque siempre de forma ambigua, para evitar defraudar a los sectores más duros –desde entonces los más movilizados— de su propio movimiento.
La gran interrogante entonces –narra el historiador Agustín Blanco, hoy crítico del chavismo-- era si el Departamento de Estado aceptaría a un ex golpista en la presidencia de Venezuela. Pronto se vio que sí. El 4 de diciembre de 1998, junto con el entonces embajador John Maisto se organiza una reunión en la Embajada de Estados Unidos de la que –a decir de Blanco—sale la luz verde a su gestión. El 8 de diciembre, cuando Jimmy Carter se retira del país, anuncia: “Me voy muy contento. En Venezuela acaba de empezar una revolución democrática”.
Siguiendo una estrategia de pragmatismo, Chávez centra su campaña electoral en el combate al principal enemigo interno --la corrupción--, en medio de una crítica aguda a la vieja política. Su discurso le vale un apoyo multliclasista y logra despertar enormes simpatías.
Aunque pocos opositores derechistas quieran hoy recordarlo, el apoyo que entonces recibió el comandante de los grandes medios de comunicación o el que le brindó el propio Gustavo Cisneros, magnate de los medios venezolanos y el hombre más rico del país -- no fue despreciable.
“Juro delante de Dios, delante de la patria y delante de mi pueblo –afirmó al asumir— que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna adecuada a los nuevos tiempos”.
A menos de tres meses de haber asumido la presidencia, el comandante saboreaba otro de sus grandes momentos: el 25 de abril los venezolanos aprueban, en referéndum –aunque con una abstención que supera el 60 %--, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente.
La pequeña constitución que hoy hace de manual programático a la nueva elite política en Venezuela, está llena de bellas --y polémicas— formulaciones. La nueva República Bolivariana de Venzuela deja de ser –a solas—un Estado de derecho, para convertirse en “un Estado de derecho y justicia”. Ya no será más una democracia llanamente representativa, será ahora, también, una “democracia participativa” y un Estado que no admite ninguna forma de discriminación.
Pero a la par de todo esto Chávez se asegura –con visión revolucionaria— el control del poder por un largo periodo. Se pespuntea la reelección inmediata del Ejecutivo y se estira el periodo presidencial de 5 a 6 años, con lo que el comandante podrá estar en el poder, cuando menos, 12 años consecutivos. Pasa también una propuesta novedosa y riesgosa: la posibilidad de revocar el mandato de los funcionarios públicos, incluido el propio jefe de Estado.
Fiel a sus orígenes, Chávez convoca a un buen número de militares a asumir espacios tradicionalmente ocupados por civiles. Se calcula que actualmente hay más de 100 militares en puestos directivos y de confianza dentro de las empresas del Estado, en servicios e institutos autónomos y nacionales, así como en fondos gubernamentales, fundaciones y comisiones especiales. Visto a la distancia, el proyecto de una Fuerza Armada transformada en partido político, gerencia pública y actor central de la sociedad –el guión escrito por Ceresole— parece cumplirse al pie de la letra .
En el ámbito de la política económica, aunque lo contradiga su retórica, los primeros años del gobierno chavista son de cautelosa ortodoxia económica. El comandante ratifica a la ministra de Hacienda de Caldera, Maritza Izaguirre, en un año difícil, cuando el presupuesto nacional, calculado sobre la base de 13 dólares por barril, baja a 7,20.
Estrictamente hablando, Chávez no afecta un solo interés norteamericano. Una de las primeras medidas que toma es eliminar la doble tributación. Más allá de su discurso contra el capitalismo salvaje y su prédica antineoliberal, abre la industria de las telecomunicaciones, del gas y de la electricidad a inversionistas extranjeras y, aunque se refiere a Michael Camdessus como un “asqueroso instrumento de explotación al servicio de los poderosos del mundo”, no se aparta de las líneas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional .
En febrero de 2002, luego de la crisis económica que sigue a la presión sobre el tipo de cambio, el gobierno se ve obligado a impulsar un nuevo programa de ajuste, típicamente ortodoxo, que busca contrarrestar con un discurso crecientemente izquierdista y revolucionario.
En 2000, Chávez se presenta nuevamente a elecciones. Sorprendiendo los pronósticos opositores, su rating aumenta tres puntos porcentuales. Si en 1998 votó por él el 56,2% de los venezolanos, ahora lo hace casi el 60%, un hecho insólito para un gobernante en reelección. El sueño de ejercer un poder absoluto se va haciendo realidad. Con un amplio respaldo en las urnas, solicita a la Asamblea Nacional, dominada por dóciles partidarios, poderes extraordinarios para legislar sus famosas 49 leyes, esas que, a juicio de la oposición, atentan contra la libertad, la seguridad jurídica y la propiedad privada.
Promulga así la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, que el propio Chávez presenta en su programa de radio como “candela pura”. La normativa resulta especialmente polémica porque somete la actividad agropecuaria a los designios del gobierno, al darle poder para decidir la actividad de las haciendas privadas. En honor a la verdad, sin embargo, la norma no va más allá de la Ley de Reforma Agraria de 1960, dictada por el socialdemócrata Rómulo Betancourt, más radical en algunos aspectos .
Chávez hace de la confrontación su modo particular de hacer política y obtiene de él sus principales réditos. Antes que rehuir los choques, parece buscarlos, promoverlos. Con un discurso que da contenido ideológico a la iniquidad social e infunde el temor a la cubanización, profundiza la división social. De esa forma, los sectores que en un principio simpatizaron con él, o fueron neutrales a su primera candidatura, comienzan a verlo como un enemigo peligroso. El ex golpista pierde el centro político.
Pero, ¿quién es realmente el comandante Hugo Chávez? ¿Cuál es su verdadera definición ideológica? Aún hoy nadie lo sabe a ciencia cierta. Hay un Chávez para cada momento histórico y para cada cotización de los precios internacionales del crudo. En su primer libro de entrevistas –hay varias decenas de obras que abordan al personaje— resulta imposible escrutarlo.
Cuando Agustín Blanco le preguntó en los noventa si su identificación política estaba en el marxismo respondió así: “creo que las soluciones están más allá o más acá del marxismo, pero no en él”. Y agregaba: “yo no soy marxista pero no soy antimarxista. Ni soy comunista ni anticomunista”. En todo caso, Chávez es bolivariano. Pero ante la duda insistente “¿dónde se ubica usted, señor, en la izquierda o en la derecha”, responde: “no sé, no me ubico. Yo me niego a ubicarme, a limitarme a un sector que además no está bien definido. ¿Por qué tengo que inquietarme por ubicarme en alguna de las corrientes de pensamiento?”
No parece ser ésta la postura actual del Chávez que hoy llama a “construir el socialismo del siglo XXI”, ni la que inspiró a reeditar, en agosto de 2005 en la ciudad de Caracas, uno más de los viejos festivales mundiales de la juventud que tuvieron lugar en las capitales del imperio soviético.
No se puede olvidar aquella nostálgica escenografía de contingentes ingresando al Fuerte Tiune –de arquitectura típicamente fascista—al unísono de “el pueblo unido jamás será vencido”, ni aquélla clausura en el poliedro de Caracas, en la que el comandante arengó a una multitud de casi 20 mil jóvenes de todo el mundo a cantar: “Juventud comunista, marxista-leninista..”
A pesar de predicar un “mundo multipolar”, Chávez parece buscar la revitalización del viejo mundo bipolar. El comandante –cada vez más cercano en discurso y diplomacia a Fidel Castro— parece apostar por el liderazgo de lo marginal frente a la prepotencia de volumen que, más temprano que tarde, dejará su par cubano. ¿Será que su apuesta es entonces encabezar la futura alianza antiimperialista?
Muchas otras preguntas quedan en el aire. ¿Es realmente Chávez un personaje de la “izquierda borbónica” y del antiimperialismo? ¿O será más bien un oportunista que se ha apropiado de ese discurso y esos símbolos de la izquierda y del nacionalismo para movilizar multitudes en su propio beneficio?
“No creo que Chávez pueda ser definido como un marxista-leninista –responde Teodoro Petkoff, un ex comunista y fundador del MIR, hoy opositor--. En primer lugar porque no tiene esa formación. No se percibe en él el más mínimo trazo. Ni siquiera creo que haya leído los folletos divulgativos del marxismo, vamos creo que –para su beneficio-- no leyó ni a Martha Harnecker”.
Y sigue: “Chávez es un izquierdista silvestre que ha compatibilizado una sensibilidad social –que sin duda la tiene— con una visión del mundo autoritaria y autocrática. Es el más claro ejemplo de la estirpe latinoamericana del caudillo. Ese discurso comunista y postizo que hoy le escuchamos tiene mucho que ver con la relación casi carnal que mantiene con Fidel Castro” .
Algo similar plantea Agustín Blanco cuando afirma: “Dentro del movimiento chavista hay grupos muy radicales que reclaman una revolución de verdad. Dado que el llamado bolivarianismo no es ninguna fundamentación ideológica y política ni representa ningún proyecto de sociedad, Castro le vendió a Chávez la idea de que el camino no podía ser otro que el socialismo. No había otra posibilidad. De ahí esta segunda revolución made in Cuba”.
Aunque Chávez gusta de llamar a lo suyo “revolución” en ninguno de los sentidos clásicos del término se puede afirmar que lo que hay en Venezuela lo sea. Allí no ha ocurrido un cambio violento (la clásica definición de Bobbio), pero tampoco se han producido transformaciones profundas en las estructuras económicas o sociales. De esa forma, la idea de revolución sólo tiene cabida en sentido figurado y –de no reconocerse así—no pasa de ser un recurso retórico.
Aunque es cierto, no sólo de pan vive el hombre. La emoción chavista –ese vínculo afectuoso, incuestionable y casi religioso-- nutre a buena parte de la masa popular, frustrada y desencantada por años de abandono e injusticia, más allá del elevado gasto social, las políticas públicas del gobierno no han logrado modificar las causas estructurales de la pobreza. Tan es así que, según cifras oficiales, el número de personas en esta situación pasó de 23 millones 867 mil en 1999 a más de 26 millones en 2004 y el desempleo subió de 15 a 18 por ciento (con una reducción importante en el último año).
“Lo que hay aquí –afirma Teodoro Petkoff-- es mucha palabrería sedicentemente ‘revolucionaria’. Puro ruido y furia que ha tenido efectos devastadores sobre el tejido anímico venezolano y lo ha escindido en dos mitades” . Tal vez Luis Miquelena --la mano derecha de Chávez hasta abril de 2002--, no se equivocó cuando afirmó: “Chávez engañó a medio país con una revolución inexistente y asustó a la otra mitad con la amenaza de ella”.
Petkoff no se equivoca cuando afirma: “Ante todo y por encima de todo Chávez es un político y cada una de sus performances actorales está consciente, deliberada y estrechamente colocada al servicio de un indisimulado objetivo político” .
El comandante podría ser, en esencia, un Leviatán que sigue esa tendencia general y ese perpetuo e impaciente deseo de poder que sólo puede garantizarse buscando más poder. Su estrategia para cumplir ese deseo es bastante más lúcida de lo que ha pensado una oposición reaccionaria y retrógrada que permanentemente lo subestimó por su procedencia de clase, su rupestre intelectualidad --y triste, pero ciertamente-- su origen racial.
Chavez es y seguirá siendo fuerte mientras sepa enarbolar la redención social de los más pobres. La clave de su éxito y de su permanencia en el poder radica mantener una estrategia de confrontación retórica que ha logrado que las elites venezolanas caven cada vez más hondo su propia tumba, que se muestren tal cual son: desvergonzadamente excluyentes, discriminatorias, ajenas a las preocupaciones de los más pobres y, para colmo, ahora también golpistas y antidemocráticas, calificativos que otrora se le endilgaron a él.
Paradójicamente, todo lo que ha hecho la oposición para debilitar a Hugo Chávez lo ha fortalecido formidablemente. El golpe de Estado en 2002 le permitió depurar las Fuerzas Armadas y llenarlas de adeptos e incondicionales; la huelga nacional que paralizó la industria petrolera, hacerse del control absoluto de PDVSA, y el referéndum revocatorio, probar internacionalmente su legitimidad democrática. Hay muchas lecciones que se pueden obtener de todo esto.
Una de las obras más serias y ecuánimes escritas hasta ahora sobre el comandante –Hugo Chávez sin uniforme— desentraña un discurso que –a decir de sus dos autores—“genera confiabilidad y fidelidad (…) pulsa los sentimientos escondidos, los miedos y los resentimientos, acude a experiencias concretas de rechazo e injusticia y construye, desde ahí, una voz, un plural del cual él es el protagonista”. (La oligarquía no nos quieren, se ha burlado de nosotros, les damos asco, se le suele escuchar).

“Chávez habla con una sencillez desconocida por los viejos políticos. Pone siempre ejemplos, se explica a través de anécdotas y maneja a la perfección los códigos populares. También en el territorio del habla sabotea la supuesta solemnidad oficial, desdeña las formas y se muestra popularmente espontáneo”.
Y sigue así la observación: “De manera constante recuerda su historia, su origen humilde y rural. No sabe inglés y, públicamente, se burla de su propia y precaria pronunciación. Se autoproclama feo, popular, sin propiedades, sin educación para las altas galas y sin otra ambición que el cariño sencillo a los más necesitados” .
Hay otro factor importante que no se puede dejar de mencionar. Pésele a quien le pese, Chávez ha logrado demostrar que el suyo es un gobierno electo democráticamente. Puede ser que en los procesos electorales haya irregularidades, pero la acusación de fraude no pasa de ser una ridiculez de la oposición (que ha terminado por sepultarla). Puede ser también que el comandante ejerza un férreo control sobre los poderes públicos, como también ocurre o ha ocurrido en otros países de la región.
Unos cuantos días en Venezuela son suficientes para darse cuenta que –más allá de una relación crispada-- no hay mayor censura en los medios. La forma en que se critica y hasta se ridiculiza al presidente de la República Bolivariana de Venezuela en la televisión y en los diarios así lo demuestra.
Lo que puede haber, en todo caso, es un ejercicio peligroso de vinculación con la prensa –señala Teodoro Petkoff hoy, director del vespertino Tal Cual-- y un conjunto de instrumentos como la nueva Ley de Responsabilidad Social para Radio y Televisión que, en determinadas circunstancias, podrían ser utilizados contra algunos medios.
Así, el gobierno podría, legalmente, suspender de forma temporal o definitiva un canal de televisión alegando que éste ha hecho apología de la guerra o el delito o que ha atentado contra la “seguridad de la nación”. Pero, más allá de esas discrecionalidades, no se trata de nada que no suceda en alguno de nuestros países. Chávez se parece bastante a otros gobiernos latinoamericanos, en cuyas falencias no parecen haber reparado las “democracias decentes”.
La realidad, sin embargo, es que Chávez –aunque ejerza prácticas autoritarias típicas de un caudillo latinoamericano-- tiene al menos un pie puesto en el respeto a la formalidad democrática, muy a la manera del viejo PRI. Durante los meses posteriores a su triunfo en el revocatorio, Chávez ha copado además, los poderes locales. Hoy tiene 22 de las 24 gobernaciones del país, 280 de las 335 alcaldías y prácticamente todos los consejos municipales.
Eso se ha logrado en buena medida gracias a que los instrumentos electorales favorecen desmesuradamente a la primera minoría, lo que le da más espacio en las instituciones del que realmente tendría de acuerdo a los votos. Sin embargo, el de Chávez no es un gobierno dictatorial, mucho menos totalitario a la cubana, como quisiera verlo el Departamento de Estado norteamericano. La autoridad que ejerce Chávez requiere un análisis más riguroso.
La construcción de poder que ha logrado el comandante se basa en la afirmación de su personalidad y, claramente, en la fascinación que ésta despierta en las clases más pobres. Su formación militar –que por su propia naturaleza no es democrática sino afincada en la idea de la disciplina vertical y la subordinación escalonada-- converge con la tradición dictatorial, autoritaria y no democrática de la vieja izquierda, pero no ha incurrido en sus excesos totalitarios.
Hoy el presidente venezolano no es el primero entre sus iguales, sino un tótem reverenciado, alrededor del cual se ha construido una atmósfera de adulación –y de miedo--, muy común entre quienes tienen una concepción revolucionaria de su papel en la Historia. Como señala Petkoff, desde los lejanos tiempos de la revolución francesa, --cuando Saint Just acuñó aquella expresión “la revolución se defiende en bloque, quien la discute en el detalle la traiciona”-- la mentalidad revolucionara ha demostrado ser de una intransigencia absoluta: dentro de la revolución todo, fuera de ella nada, dice la máxima castrista.
Ahora, más allá de estas disquisiciones que hacen a la personalidad del caudillo, no se puede dejar de reflexionar sobre el fenómeno social que ha vivido Venezuela durante los últimos años. Si un logro se le puede atribuir al gobierno de Chávez –así lo reconocen los opositores racionales-- es haber colocado el tema de la pobreza --por primera vez y seguramente para siempre--, en el centro del debate político.
El vago, desgastado y tantas veces utilizado concepto de populismo o el aún más ambiguo uso del neopopulismo - tal vez sirvan para condenar una personalidad, pero no necesariamente para explicar fenómenos sociales como los que ha vivido Venezuela durante los últimos años.
Si nos apartamos un poco de esas definiciones más peyorativas del concepto --como lo plantea Ernesto Laclau en su Razón Populista-- puede haber material para una reflexión más profunda sobre el proceso social que vive Venezuela más allá de la crítica a Hugo Chávez, su personaje central.
Según plantea el sociólogo argentino, podríamos entender por populismo la existencia de un régimen que garantiza el camino de la política, evitando que ésta se convierta en mera administración. Un régimen populista es aquél que permite movilizar a las masas desde el poder para ayudar a la formulación y deliberación de sus demandas.
En ese orden de ideas, encontramos en Venezuela masas políticas que –más allá de formas clientelistas-- nunca habrían participado del sistema político. En tal sentido, sería natural que en el momento en que esas masas se lanzan a la participación, lo hagan a través de la identificación con cierto líder. Posiblemente, no participarían si el sistema estuviera en manos de las elites políticas del pasado. Pero, ¿de qué forma están participan? ¿Incidir en la formulación y control de las políticas públicas? ¿Realmente participan o sólo son parte de un festín verbal?
Hasta ahora, la condena a la personalidad de Hugo Chávez ha cegado a sus opositores, e incluso a algunos intelectuales, a la posibilidad de entender un fenómeno social complejo que, muy posiblemente, no tendrá vuelta atrás en poco tiempo. Sin que se entienda como una justificación o una defensa, no hay que olvidar que el chavismo es hoy más que Hugo Chávez, de la misma forma que el peronismo fue --y todavía es- más que Juan Domingo Perón.
Venezuela ha cambiado profundamente en los últimos años en lo que atañe a la autoestima de los sectores populares y la forma en que conciben y asumen papel en la política. Sin lugar a dudas, ello representa una interesante avenida de transformaciones, aunque también puede implicar riesgos, si el accionar de esos sectores desborda al aparato político chavista e impide que las crecientes demandas se expresen por los canales adecuados.
Hoy el gobierno de Hugo Chávez debe responder a una gran cantidad de situaciones –tantas como las expectativas que ha generado-- para las cuales no es competente administrativamente. El lastre latinoamericano de la corrupción –además- no está ausente y seguramente también pasará factura.
Durante sus primeros años, los programas sociales que se impulsaron fueron muy ineficientes. Cuando comenzaban a parecerse demasiado a las prácticas clientelistas, burocráticas y corruptas de gobiernos anteriores, el gobierno decidió comenzar a instrumentar sus llamadas “misiones bolivarianas”.
A través de estas misiones, originadas a partir de 2003, el gobierno venezolano –asesorado por sus pares cubano-- ha puesto a disposición de los más pobres una batería de programas que funcionan a través de una suerte de “Estado paralelo”, en el que se promueve una activa participación de la sociedad. En el ámbito de la salud –gracias a la buena mano de los isleños—se han alcanzado resultados satisfactorios.
“Barrio Adentro”, el primero de éstos, está destinado a atender los problemas de salud de las grandes barriadas populares. Sus protagonistas son médicos enviados por el gobierno de Castro que se han mudado a esos sectores para enfrentar in situ algunas emergencias. Esta misión ha permitido descongestionar y aliviar los servicios de salud –por lo general deficientes—de los grandes centros.
A este plan le siguieron, de manera escalonada, una serie de programas educativos: la Misión Robinson, un plan de alfabetización –también por los cubanos— que ha logrado alfabetizar –con resultados de calidad aún desconocidos-- a un millón 200 mil personas; la Misión Sucre y la Misión Ribas, dedicadas a atender a aquellas personas que no habían podido estudiar o se han visto obligadas a abandonar sus estudios.
El primero, compacta en dos años la formación que un estudiante recibe en 5 y, supuestamente, califica a un estudiante para ingresar a la universidad. Los otros, constituyen una suerte de “universidad paralela” que apunta a masificar la educación superior. Estos programas, sin embargo, ponen énfasis en el acceso a la educación –y la ilusión que esto conlleva-- , antes que en los criterios de calidad necesarios para promover su inserción efectiva en el mercado laboral.
Suele decirse de forma recurrente que las misiones son utilizadas de forma política y asistencialista y que se utilizan para la creación de contingentes ideológicos chavistas. Varios expertos consideran que las misiones son “desordenadas”, “inauditables”, “improvisadas”. Otros las descalifican, a rajatabla, de populistas.
Aquellas podrán ser críticas válidas para los ámbitos académicos o las discusiones de café. Sin embargo, no significan nada para quienes están sumidos en la pobreza o en la miseria y al menos reciben un estipendio –modesto, aunque masivo— a cambio de alfabetizarse, de estudiar o de aprender un oficio, como ocurre con este tipo de programas.
Lo que realmente es preocupante, más allá del gasto social –que más que gasto siempre es inversión y que es preferible a la apropiación por parte de una elite rentista— es su insustentabilidad en el largo plazo. Más allá de que se desarrollen políticas que –con dificultades y problemas— permitan desarrollar el capital humano, el problema de Venezuela es que seguirá dependiendo de los recursos del petróleo.
Y es que a diferencia de otros populismos --como el de Perón en Argentina o el de Vargas en Brasil--, la política económica del chavismo no tiene nada que ver con un proyecto nacional de desarrollo productivo. Es cierto que el gobierno venezolano ha liberado el gasto público, pero sólo para expandir el consumo. En contraparte, no ha habido hasta ahora una política decidida de crecimiento industrial del país ni de las fuentes de trabajo. El 60% de la población fluctúa entre la informalidad y el desempleo abierto.
Hoy los pobres de Venezuela reciben subsidios masivos por parte de un Estado que concibe que su función es brindar bienes públicos. Según encuestas de Datanálisis – una de las principales consultorías de opinión del país— el 45,6% de la población de recibe algún tipo de beneficio por parte de las misiones del gobierno . Casualmente, desde la instrumentación de estos programas, la popularidad del gobierno chavista no ha dejado de aumentar y le permitió asegurar un amplio margen de triunfo –fuera de toda duda-- en el referéndum revocatorio.
Para su tranquilidad, no se espera en el corto plazo una caída de los precios del crudo. Los próximos dos años serán de bonanza y Chávez llegará al 2006 con la fuerza para ganar --con un cómodo margen--, las elecciones presidenciales. Pero aún si cayeran los precios del vital liquido, podría mantenerse en el poder cuando menos hasta el 2013. Creer –con un pensamiento economicista-- que las cuatro patas de la mesa que se sostiene a Hugo Chávez descansan solamente en los precios altos del crudo es subestimar una vez más a Hugo Chávez.
Cuando una eventualidad económica ponga en aprietos al comandante, tendrá enemigos dentro y fuera a quien culpar, ya a la oligarquía venezolana, ya a Mister Danger y al imperialismo, ya a los malévolos tentáculos del neoliberalismo. Y si con eso no bastase, Hugo podrá echar mano de inmensos contingentes de hombres y mujeres en quienes ha sembrado la esperanza –“nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas”, decía Anatole France--, así como de los obedientes poderes públicos de esa democracia que, para Chávez y los suyos, no es sino un instrumento táctico por el que han transitado hasta ahora.

No hay comentarios: