lunes, 29 de enero de 2007

El canto de las cacerolas - Argentina en la era de Nestor K






El canto de las cacerolas
Argentina en la era de Néstor Kirchner*
Artículo y fotos: Hernán Gómez Bruera
Publicado en la revista Nexos de enero de 2007


El país que quedó

En una de sus últimas novelas –Ensayo sobre la lucidez— José Saramago cuenta la historia de una ciudad en la que, en el día menos pensado, se producen unas elecciones en las que gana, de forma total y abrumadora, el abstencionismo. Todas y cada una de las boletas han sido utilizadas para ejercer un voto en blanco. Sin una sola palabra o acto premeditado, los individuos deciden expresarse de una manera peculiar. Las elecciones se repiten. Pero el mismo fenómeno vuelve a ocurrir una y otra vez hasta terminar por enloquecer a la clase política y llevar a la quiebra de todo el sistema.

No todo lo que narra Saramago en aquella novela es ficción. Un pedazo de esa historia ocurrió en Argentina en 1999, cuando más de seis millones de votantes –de un padrón de 24- cumplieron la obligación constitucional de sufragar, pero lo hicieron en blanco. Fue en unas elecciones intermedias, cuando todavía gobernaba Fernando de la Rúa. Aquella contienda fue una parodia, típica del sentido del humor de los argentinos. En algunas casillas del país, los funcionarios tuvieron que utilizar guantes de látex para extraer boletas que habían sido utilizadas de una forma muy peculiar: unas como papel higiénico, otras para guardar preservativos usados, otras para acumular polvos blancos que simulaban ántrax .

No tardó en llegar diciembre de 2001 y la más aguda crisis económica que conozca la historia argentina. Un presidente pasó a la posteridad por huir del país en helicóptero y cuatro más por sucederse en menos de una semana, mientras una multitud salía espontáneamente a golpear cacerolas para exigir “que se vayan todos”, con una melodía que continuaba así: “¿Y después?”, “¡Que se sigan yendo!”.

Diciembre de 2001 fue un momento apocalíptico en el que se soltaron todos los hilos que mantenían articulada a la sociedad argentina. Después de haber sido durante décadas --junto a Uruguay y Costa Rica- uno de los país capitalistas de mayor integración y equidad social en América Latina, el país se sumía en la anarquía y el desgobierno. Las consecuencias de los noventa –bajo los gobiernos de Menem-- y la irrealidad en que vivió el país de la convertibilidad- se hicieron evidentes. La ley de gravedad había sido derogada por demasiado tiempo y ahora todo caía de golpe. El Estado había sido vendido en régimen de liquidación y, sus activos públicos, rifados sin prever las consecuencias.

El gobierno de la Alianza (UCR-FREPASO), que llevó a Fernando de la Rúa al poder, a pesar del componente de centro – izquierda que había en sus filas, no se atrevió a tocar el arreglo económico de los noventa y fue incapaz de revertir la debacle. Argentina se encontraba ahora, después de ser el alumno más aplicado de los organismos internacionales de crédito, deprovisto siquiera de una empresa estatal de hidrocarburos o un solo recurso estratégico para respaldar su economía. En cambio, tenía 20 millones de pobres, ocho millones de indigentes, más de 20 por ciento de desempleo y una masa de sublevados saqueando los supermercados de las principales ciudades del país.

El país de la educada clase media había imitado lo peor de sus vecinos latinoamericanos, dando paso a un proyecto cada vez más concentrador de la riqueza. Si en 1947, durante el primer gobierno de Perón, la diferencia entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre era de sólo siete veces, a principios del nuevo milenio, la diferencia se había vuelto cinco veces más grande .

La solución a la crisis parecía imposible. Tal era el drama argentino, que llegaron a presentarse insinuaciones de disgregación nacional e incluso alternativas semicoloniales. Con toda naturalidad, por ejemplo, se discutió entre círculos académicos y políticos una propuesta de un grupo de economistas extranjeros que sugería, sin más, delegar el gobierno argentino a un comité de crisis conformado por expertos internacionales. Algo similar a lo que ocurrió en Austria durante la posguerra.

Pero la sociedad argentina no se hundió en el lamento. Poco a poco, comenzó a surgir la autocrítica entre algunos de sus sectores con influencia política, decididos a comenzar a llamar las cosas por su nombre y a buscar soluciones más racionales. Ya no podía haber lugar para liderazgos providenciales. El futuro sólo podría construirse en el día a día, sobre la base del trabajo.

El inicio del cambio

Tímidamente comenzó a operarse un cambio. Eduardo Duhalde, un representante de la vieja política que mantenía el control del Partido Justicialista (PJ) en la provincia de Buenos Aires (clave para garantizar la gobernabilidad del país), logró asentarse temporalmente en el poder y establecer las bases para estabilizar la economía y normalizar institucionalmente al país.

A pesar de ser un personaje ligado a las más oscuras prácticas políticas, Duhalde tuvo la visión suficiente para reconocer que no podía permanecer en el poder y fue capaz de conducir al país hacia una sucesión presidencial ordenada. Lo hizo a través de una Ley de Lemas que limitó las posibilidades reales de la contienda presidencial a los candidatos de su fracturado partido y transfirió al electorado nacional su disputa interna.

Surgió entonces el acuerdo que llevó a Néstor Kirchner a la candidatura presidencial y, más tarde, a la presidencia de la Nación. Duhalde ponía una buena parte del aparato político justicialista a disposición de un político sin demasiado carisma, poco conocido fuera de su provincia natal, que parecía fácilmente manipulable. Para un grueso del electorado, sin embargo, tenía un atractivo: era el único que podía impedir que Carlos Menem volviera al poder.

La pelea no fue fácil. En un principio, Kirchner tenía sólo un 7% de la intención de voto. En la primera vuelta electoral, sólo logró alcanzar 22% de la votación, lo que le hizo iniciar su presidencia de con una reducida legitimidad. Hoy, en vísperas de su cuarto año de gobierno, el presidente aún mantiene índices de aprobación superiores al 60%, siendo uno de los mandatarios mejor evaluados en América Latina.

El estilo K

La mayor parte de los argentinos empezó a tomar en serio a Néstor Kirchner cuando escuchó su discurso de toma de posesión, en mayo de 2003. Sus palabras convencían no sólo por la crítica a la Argentina de los noventa, sino por tampoco prometían más de lo posible. Fue sensato: “Concluye en la Argentina una forma de hacer política y un modo de cuestionar al Estado. Sabemos a donde vamos y sabemos a dónde no queremos volver. Colapsó el ciclo de anuncios grandilocuentes y grandes planes seguidos de frustración por la ausencia de resultados. Tenemos que avanzar hacia un cambio cultural y moral de la sociedad argentina” (...)

A las palabras de Kirchner siguieron una serie de actos simbólicos, pero contundentes, que marcaron sus primeros días en el gobierno y le permitieron conquistar una mayor credibilidad. Tomó medidas ejemplares en materia de combate a la corrupción y respeto a los Derechos Humanos. Tan sólo en el primer mes arremetió contra el presidente de la Corte Suprema, --un incondicional del menemismo--, intervino el organismo de pensiones de los jubilados, un gran foco de corrupción, y atacó la más desprestigiada institución de la Argentina al pasar a retiro a 40 altos mandos de las Fuerzas Armadas.

En poco tiempo, Kirchner marcó la pauta de un nuevo estilo de gobernar –conocido popularmente como el estilo K-- caracterizado por un discurso osado –muchas veces agresivo-- y una tendencia a abrir frentes de conflicto con los poderes fácticos –los grupos financieros, la Iglesia, los grandes grupos mediáticos—y, fundamentalmente, los “cómplices del saqueo de la Argentina” durante los noventa.

Para Kirchner el conflicto tiene una lógica propia. Es una forma de construir poder a partir de antagonizar con sus opositores y colocarse en un nivel de superioridad política y moral, pero es también la energía a través de la cual busca hacer dinamizar y hacer posible un cambio histórico. Para Kirchner y los suyos, una política sin conflicto sería una política conservadora .

En tal sentido, Kichner sigue el libreto populista latinoamericano –negativo para algunos, positivo para otros--, cuyo punto decisivo a destacar, según plantea Nicolás Casuyo, es la capacidad de desarrollar en los hechos la escena concreta del conflicto. Un conflicto que, aunque no se exprese todos los días, “está latente en un continente de históricos poderes hegemónicos” .

Política exterior y recuperación económica

Es en parte como resultado de esa lógica del conflicto que Kirchner inauguró un estilo diplomático distinto, muy alejado del culto a las formas y decidió a dar un giro sustantivo a la política exterior. Decretó el fin del “alineamiento automático” y las “relaciones carnales” con Estados Unidos de los años noventa y se planteó una relación seria y madura, consistente en buscar consensos, pero también marcar diferencias.

“Es importante decir –explicó entonces el canciller Bielsa-- que este gobierno ni en materia comercial ni en asuntos políticos ha reemplazado el alineamiento automático por la oposición automática a los Estados Unidos. Estamos convencidos de que una cosa es discutir y enfrentar concretamente posiciones imperiales perjudiciales al país y otra es plantear una posición ideológica de colegio secundario o permanecer en un antiimperialismo retórico y paralizante” .

El éxito más importante de la política exterior del kirchnerismo radica en la firmeza con la que negoció el canje de la deuda, a pesar de encontrarse en una situación de relativa debilidad. Por primera vez en décadas el país logró desprenderse de una parte importante de ésta y negociar con los acreedores una quita del 70%, sin adoptar compromisos que no fuera capaz de cumplir, como había ocurrido en todos los acuerdos anteriores.

La línea del ministro de Economía, Roberto Lavagna, fue afirmar, en todo momento, que Argentina cumpliría con sus compromisos, pero que la única manera de atender las exigencias de los acreedores podría ocurrir si se otorgan al país márgenes para recobrar el crecimiento económico.

A través de su estrategia negociadora la Argentina ha sentado un precedente internacional. En su disputa frente al Fondo, las autoridades demostraron cómo en buena medida el organismo compartía una parte de responsabilidad en la crisis y marcar una pauta de las futuras reformas que requiere el organismo. Lavagna sugirió entonces que el objetivo final del FMI no debía ser imponer reformas estructurales, sino concentrarse en metas macroeconómicas de desempeño fiscal, tipo de cambio o política monetaria y financiera.

Como parte de ese esfuerzo, Argentina y Brasil han elaborado juntos una serie de planteamientos orientados a recuperar una agenda latinoamericana que permita abrir paso a una alternativa distinta al Consenso de Washington . Por ello es que ambos solicitaron al Fondo (Brasil ya lo consiguió y Argentina lo hizo parcialmente) que los gastos de infraestructura fuesen deducidos al contabilizar el superávit fiscal primario y que las metas exigidas por el organismo no limiten el desempeño de la economía y de los programas sociales.

La firmeza con la que el gobierno de Kirchner negoció el canje de la deuda ha liberado al país de una bomba de oxígeno. Si bien Argentina atraviesa hoy una coyuntura de crecimiento económico, motivada en buena medida por el mantenimiento de un tipo de cambio alto y por las oportunidades que ofrece el mercado asiático para la exportación de commodities, el éxito en el mediano plazo no está garantizado y no lo estará mientras no se resuelvan las debilidades estructurales de su economía.

Gobierno progresista

Por su verborragia y por la forma en que se enfrentó a los organismos de crédito, algunos sectores conservadores dentro y fuera del país vieron en Kirchner, especialmente al principio de su gobierno, a un setentista nostálgico del viejo populismo. La crítica, sin embargo, casi nunca toca al manejo de la economía. Por el contrario, la disciplina fiscal de Kirchner es ampliamente reconocida.

Kirchner se define a sí mismo como un político progresista. Aunque no le gusta mucho confesarse peronista, en una ocasión lo hizo sin dobleces. Según cuenta el periodista Walter Curia, ocurrió en la Casa Blanca, en julio de 2003, al final de su primer encuentro con el presidente Bush. Después de escucharlo un rato, el mandatario norteamericano le preguntó: “¿Entonces debo considerarlo de ahora en adelante un hombre de izquierda?” “Considéreme peronista”, fue la respuesta de Kichner .

Con esa respuesta, Kirchner se reservaba un margen de ambigüedad que le permitía un juego político propio en la región. Y es que si aceptamos la lógica según la cual hay dos tipos de gobiernos progresistas en América Latina: unos de tinte populista y radical y otros de carácter socialdemócrata y reformista, Kirchner podía aspirar a mantenerse en una suerte de “tercera posición”, e incluso funcionar como puente entre esos dos mundos.

Ello no quiere decir que Kirchner carezca de una identificación ideológica propia. Su adscripción al peronismo de izquierda y su participación en esa “juventud maravillosa” que acompañó el regreso del General en 1973, es públicamente conocida. Sin embargo, Kirchner ha establecido una distancia crítica –cada vez más generalizada en Argentina— entre el peronismo y el “pejotismo”. Éste último, reducido al PJ, es visto como un mero aparato burocrático de poder vacío de contenido e ideas, dispuesto a servir a quien ejerce el poder.

Kirchner ha mantenido en el gobierno de forma más o menos inalterable la visión sobre el papel del Estado –presencial, reparador, protector y promotor—, así como la idea de “reconstruir un capitalismo nacional capaz de reinstaurar la movilidad social ascendente”. En su ideario político, el peronismo tiene la tarea de reconstruir un Estado desvastado y recuperar sus márgenes de autodeterminación y decisión. Construir un país, no ya con las características que soñó Perón en los cuarenta, pero sí con un grado de autonomía razonable, en un mundo que sabemos y asumimos absolutamente interdependiente .

¿El último peronista?

En el ámbito político, la presidencia de Kirchner se ha caracterizado por un intento de marcar una distancia frente a las estructuras del PJ, lo que ha hecho a través del Frente para la Victoria, una agrupación del peronismo, a través de la cual se planteó en sus orígenes la construcción de un proyecto político transversal, capaz de sumar cuadros de otros partidos y figuras sin partido. Por eso es que, para algunos, el presidente argentino ocupa el lugar de el último peronista .

La realidad, sin embargo, es otra. El peronismo ha sido declarado muerto muchas veces y siempre vuelve a mostrarse vivo otra vez. Esta no parece ser la excepción. A pesar de la retórica, el proyecto de la transversalidad no ha tenido el éxito esperado, en buena medida porque Kirchner ha privilegiado un modelo concentrador de poder y un estilo autoritario, cada vez más personalista. Hay rasgos de su personalidad típicamente peronistas, sino es que incluso “pejotistas”. Su “afán hegemónico” y una cierta inclinación anti-institucional, lo ejemplifican claramente.

Walter Curia, un periodista del diario Clarín –no precisamente adversario del gobierno-- indagó en algunos de los rasgos que hacen a esta personalidad y que se han manifestado en su trayectoria política, desde que fue gobernador de Santa Cruz, su provincia natal. Parece haber un patrón cíclico que se repite cada vez que ejerce el poder. Al igual que le ocurriría más tarde con la presidencia, Kirchner, Kirchner ganó la gubernaturael gobierno de su provincia por un escaso margen de votos, sin controlar la estructura del partido y sin ninguna intendencia propia. Sin embargo, poco a poco fue consolidando un poder cada vez más centralizado que le permitió permanecer 12 años consecutivos.

Allí también recibió una administración en profunda crisis económica, aunque al poco tiempo logró sanearla, sin generar mayores conflictos sociales. Ejerció un rigurosísimo manejo de la caja, alcanzó superávit fiscal y aún así fue un gran gestor de obra pública. Su gobierno, sin embargo, se caracterizó por una creciente concentración de poder en manos del Ejecutivo. Modificó la composición del Tribunal Superior de Justicia para crear un cuerpo complaciente que le permitiera, entre otras cosas, reelegirse por tercera vez en 1998.

Pero eso no fue todo, a finales de 2001, durante su tercer mandato, utilizó la mayoría oficialista de la Legislatura para incluir a Carlos Zanini, un incondicional, en el Tribunal Superior y, más tarde, para hacerlo presidente del mismo. Zanini, junto a la senadora Cristina Kichner, integran el reducidísimo grupo de colaboradores que toman decisiones junto al presidente .

Kirchner ejerce un sistema de poder radial en el que él siempre ocupa el centro. Jamás realiza reuniones de gabinete en las que sus ministros puedan deliberar y los mantiene bajo un estricto control. Ninguno de ellos puede anunciar públicamente iniciativas que antes no hayan sido revisadas por él ni mucho menos discrepar con alguna línea oficial, por menor que ésta sea. Kirchner no suele delegar funciones y no permite que se tomen decisiones sin su consentimiento.

A partir de la elección legislativa de octubre de 2005, su tendencia personalista ha sido cada vez más clara. Luego de alcanzar una amplia mayoría en el Congreso y desplazar a Eduardo Duhalde, quien hasta entonces representaba una seria amenaza para consolidar su poder, de forma poco caballerosa se deshizo de Roberto Lavagna y Rafael Bielsa, los dos ministros que tenían un peso y una imagen independiente, para acercarse de figuras más obsecuentes y avanzar hacia un gobierno donde el culto a la personalidad es cada vez mayor.

En el Congreso, el kirchnerismo se ha aliado con algunos residuos del duhaldismo, que representan lo más criticable de la vieja política argentina y ha iniciado una “fina tarea de seducción” (por no llamarla cooptación) de diputados opositores para obtener “superpoderes” que le permitan modificar el presupuesto libremente.

La más criticada de todas sus acciones fue la reforma del Consejo de la Magistratura. A través de ésta el oficialismo se hizo del control de una institución en la que tradicionalmente estaban representadas en condiciones equitativas todas las fuerzas políticas para ejercer un cierto control sobre el Poder Judicial. Por primera vez, todo el espectro opositor se unió en una votación contra el gobierno y denunció el intento de manipular la Justicia.

Dice Beatriz Sarlo, en una de las clásicas críticas que hace la derecha, que Kirchner es un “setentista cultural y un hombre de los pragmáticos noventa en la política de todos los días”. “Podría ser una buena mezcla –opina— si la sensibilidad popular y el igualitarismo, como ideales setentistas, se hubieran mantenido después de una crítica profunda de su carácter autoritario (…) Sin embargo, Kirchner es un duro soberano que aprendió en los noventa que quien no tiene todo el poder no tiene nada”.

Para los peronistas, sin embargo, hay otra lectura de la democracia. Nicolás Casuyo, un intelectual cercano al peronismo, plantea que el populismo en América Latina (el caso del peronismo aplica en su análisis), a pesar de ser deficitario en lo que a democracia institucional se refiere, representa una experiencia democratizadora. “En un continente de históricos poderes hegemónicos –afirma-- el populismo siempre supo y pudo recrear formas democratizantes de presencia de bases sociales a contrapelo de una realidad abusiva” .

Para muchos argentinos las prácticas autoritarias –que no necesariamente antidemocráticas-- del kirchnerismo, admiten un desagravio. La tendencia anti-institucional del peronismo es ya conocida y ha terminado por ser parte de los “usos y costumbres” de la política nacional, sin generar una condena universal. Se ha vuelto un lugar común creer que sólo los peronistas son capaces de gobernar el país. Que mientras los radicales conocen de formas republicanas y respeto a la ley, los peronistas saben de realpolitik.

Alguna vez un peronista me lo explicó más o menos así: Cuando un radical llega a un restaurante abarrotado, se anota en la lista y, siguiendo la regla, espera que le llamen por su nombre. Cuando llega a un peronista, los meseros ya le conocen. La sola idea de anotarse sería absurda. Sabe que pasará inmediatamente. No sólo porque ha dejado buenas propinas en otras ocasiones, sino porque es amigo del camarero, del cocinero y hasta del ayudante de cocina.

Aunque Kirchner lograra efectivamente consolidar una organización política de nuevo tipo, anticipar el entierro del peronismo y la cultura política que este ha engendrado en la Argentina, se antoja aún remoto. Incluso porque el poder del presidente sigue sosteniéndose en un aparato peronista. El clientelismo político, con sus lazos de control y dependencia, perdura en la Argentina como una institución informal, extremadamente influyente. Sin ella, probablemente, el gobierno de Kirchner no se mantendría vivo un solo día.

No se trata sólo de ese intercambio de favores por votos. El asunto no se limita a la descarada, y a veces patética, distribución de alimentos en actos políticos, sino a “un entramado de redes de relaciones y representaciones culturales”. Existe una red de resolución de problemas que todavía suple un rol que el Estado no atiende adecuadamente . Muchas veces, ese perverso aparato que lucra con la miseria, es la única red de protección social con la que cuentan los más pobres de los pobres.

A ese sector de la población, hasta ahora, nadie ha podido representar –para bien o para mal-- como lo ha hecho el peronismo. Fenómenos políticos modernos dentro del espacio progresista argentino, como FREPASO, apostaron fundamentalmente a las capas medias de la sociedad a través de una estrategia mediática. Sin embargo, nunca se plantearon realmente disputar la conquistas de las bases populares .

Aún después de la “traición menemista”, el peronismo sigue remitiendo hoy a un país en el que existía la “movilidad social ascendente” y en el que los habitantes de una villa miseria podían tener la esperanza de pasar a mejor vida. El peronismo es aún hoy recordado como ese movimiento social y político a partir del cual los trabajadores dejaron de ser animales y comenzaron a ser ciudadanos. Aunque sólo sea en el imaginario popular, el peronismo sigue representando la nostalgia de un pasado perdido y la posibilidad de un futuro mejor.

En los últimos años Argentina ha logrado avances muy importantes y el Estado, mal que bien, ha vuelto a colocarse al servicio de la sociedad. Pero nadie debería pecar de ingenuidad. Lo más importante que surgió en ese país en diciembre de 2001 fue la forma en que la ciudadanía demostró su capacidad de movilización. La sociedad demostró una capacidad contestataria nunca antes vista. Quienes se dedican a administrar la cosa política del país austral no deberían dejar de escuchar el canto de las cacerolas que hicieron temblar las calles de Buenos Aires. Creer que éstas están bien guardadas sería un error. Un episodio de indignación colectiva puede poner nuevamente las ollas en la calle.

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