Lula desilusionó: sus programas Hambre Cero y Reforma Agraria fracasaron, dice a Crónica Frei Betto, asesor del mandatario
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=188038
22/VI/2005
“En Brasil nadie duerme a causa del hambre”Jean Ziegler © Relator de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=102452
06/I/04
“Las lágrimas de Lula”
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=82576
1/IX/03
“Solución a medias, una salida para Lula”. Entrevista a José de Souza-Martins
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=78325
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=78325
05/VIII/03
Lula regresa a la zona donde pasó los años más pobres de su vida;
Crónica estuvo un día con él .
http://www.cronica.com.mx/pdf/Home072103.pdf
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=75947
21/VII/03
“El campo está en paz gracias al MST”: Joao Paulo Rodrigues
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=75827
20/VII/03
La agenda perdida; Política económica en el Brasil de Lula
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=72528
1/VII/03
Entrevista a Frei Betto, Asesor especial de Lula
5/VI/03
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=68350
Entrevista a Newton Gomes, Secretario de Seguridad Alimentaria en Brasil
15/VI/03
http://www.suracapulco.com.mx/anterior/2003/abril/15/contraportada.htm
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=70145
Lula y sus 100 días de mudanza.
24/V/2003
http://www.jornada.unam.mx/2003/may03/030524/010a1pol.php?origen=index.html&fly=2
La importancia de llamarse Lula
24/II/2003
http://www.jornada.unam.mx/2003/feb03/030224/034a1mun.php?origen=index.html
La agenda de Lula
11/III/02
http://www.milenio.com/nota.asp?idc=85348
Lula, ganador antes de serlo
20/X/02
http://www.milenio.com/nota.asp?idc=81174
lunes, 29 de enero de 2007
Elecciones en Uruguay





Un buque cargado de esperanzas
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
Publicado en la revista Voz y Voto de diciembre de 2004
El ferry está a punto de zarpar cargado de expectativas. Más de dos mil uruguayos, de los tantos que viven en Argentina, atravesarán el ancho Río de la Plata que separa Buenos Aires de su República Oriental. El mate que han de beber tiene el dulce sabor de la victoria. Al igual que los pasajeros de este barco, unos 30 mil volverán durante estos días para sufragar mayoritariamente por el Frente Amplio.
Una décima parte de los uruguayos vive en el exterior. Durante los últimos años, esta nación, otrora “la Suiza de América”, llevó al exilio económico a casi medio millón de personas, en una población que apenas supera los tres millones. No por otra razón, blancos y colorados –en el poder desde hace más de 170 años- jamás habrían facilitado una reforma que facultara el voto en los consulados.
Uruguay ha vivido durante los últimos años bajo el síndrome de la decadencia, de la depresión y el abatimiento. El saldo que dejó la crisis de 2002 fue desolador: cerca de 900 mil pobres, 600 mil desempleados, miles de jóvenes emigrantes y una deuda externa que supera el total de su Producto Interno Bruto . Proporcionalmente, Uruguay es el país más endeudado de América Latina.
Quienes viajan en este buque podrían hacer la diferencia en esta elección. De sus votos tal vez dependa que el Frente Amplio evite una segunda vuelta electoral donde blancos y colorados intenten aliarse para evitar su triunfo. Ya en 1999 ocurrió que el Frente fue el partido más votado en el país, pero los partidos tradicionales frenaron su llegada al poder en la segunda vuelta.
Como siempre, la mejor manera de ganar es sentirse ganador antes de serlo. Por eso la embarcación celebra el triunfo con candombes y murgas típicamente uruguayas. Siempre con este canto: “Y ya lo ve y ya lo ve, el presidente Tabaré”. Unos cuantos encima animan a las tropas: “Mira qué bonito mi voto es, rojo, azul y blanco del Frente es”. Las censuras contra la vieja política también están presentes: “Salta, salta, salta, pequeña langosta, Blanco y Colorado son la misma bosta”.
Durante el fin de semana, Montevideo es un carnaval y sus calles una fiesta. Por todo el centro de la ciudad desfilan caravanas de automóviles que ondean banderas del Frente Amplio. Festejan la culminación de una historia que comenzó en 1971, bajo el liderazgo del general Líber Seregni, cuando se conformó el primer Frente Amplio, hoy una alianza de 17 organizaciones que abarca todo el espectro de las izquierdas: desde los que todavía defienden la “pureza ideológica del marxismo”, como el Movimiento 26 de Septiembre hasta la izquierda moderada y librecambista, cuya corriente encabeza Danilo Astori.
Aunque ninguno de sus componentes sea hegemónico, la fuerza del ex tupamaro José Mújica, quien lidera el Movimiento Popular del Pueblo (MPP) alcanza por lo menos un 30% de la votación y es muy popular entre los jóvenes. Se trata de una fuerza que ha sido tradicionalmente radical, aunque se ha moderado significativamente en esta elección.
Acostumbrados a una izquierda históricamente dividida, marcada por su carácter faccioso, el primer dato que llama la atención a quien realiza turismo político en estos parajes es que fuerzas tan distintas hayan aprendido a convivir civilizadamente para transformarse en una opción de poder y transformación. Una primera respuesta está en el sistema electoral. La izquierda uruguaya tiene de todo y para todos. El complejo sistema, basado en la acumulación de votos por lema, aunque desapareció en la elección presidencial en la última reforma constitucional, aún se conserva en el Senado y la Cámara de Representantes. Ello permite que sean los electores, en las urnas, quienes decidan la corriente y el candidato que mejor los representa dentro del propio partido. Un sistema así reduce sustancialmente disputas internas y pugnas entre facciones que buscan controlar la organización y copar el mayor número de candidaturas y puestos.
Sin embargo, es en la historia donde se encuentran las mejores explicaciones. Vale la pena analizar la trayectoria del Frente Amplio porque hoy constituye la experiencia de unificación dela izquierda más prolongada en América Latina. Antecedida en los años cincuenta por la unidad entre sindicatos comunistas y socialistas que formaron una central única de trabajadores, los primeros experimentos de unidad partidaria se gestaron en los años sesenta. Desde entonces la izquierda logró percibir que los partidos –tan antiguos en Uruguay como la nacionalidad misma- comenzaban a mostrar sus primeros signos de debilidad y que con el paso de los años dejarían de representar a la totalidad de la ciudadanía.
El surgimiento la coalición frenteamplista, en 1971 y su futuro avance electoral fue posible gracias principalmente a la unión entre socialistas, comunistas, demócrata-cristianos y una amplia gama de movimientos sociales . A diferencia de los procesos de unificación de la izquierda en nuestro país --primero a través de la Coalición de Izquierda, en 1976, y luego del PSUM, en 1982- la izquierda uruguaya estuvo mucho menos dominada por un partido comunista como ocurrió en México y evitó la tentación de concebir la unidad como la ampliación de una de sus partes. En Uruguay, también jugó la incorporación de grupos escindidos de los partidos tradicionales como Zelmar Michelini y Alba Roballo, del Partido Colorado. Estas personalidades que se sumaron a la creación del Frente tenían experiencia de gobierno y a caso una mayor vocación de poder.
La unidad que nació con la premisa de no excluir a nadie no fue ideológica sino programática. Se dio libertad a cada uno de los integrantes para decidir libremente sus alineamientos internacionales –muy importantes hasta 1989- y se construyó un programa político a partir de puntos comunes de acuerdo. Además, ya el primer programa del Frente Amplio presentado en 1971 tenía una concepción reformista.
De las 30 medidas que lo conformaban ninguna de ellas era de corte revolucionario. En general, se trató de planteamientos de aplicación sobre la realidad económica y social dentro de una economía capitalista que no apuntaba a la socialización de los medios de producción como históricamente planteó (e incluso a la fecha plantea) el Partido Socialista del Uruguay. Fue a través de la discusión de un programa y la disposición a ceder, incluso en aspectos de identidad histórica, lo que permitió la conformación de una izquierda unida y con posibilidades de llegar al poder.
El Frente Amplio logró ir más allá de la figura de un líder o un caudillo y no limitó sus polémicas internas al reparto de cuotas de poder. Fue creado, a la vez, como una coalición de partidos y como un movimiento. En cierto sentido, ello le ha permitido funcionar como un partido de redes con modalidades de participación que no se limitan a las formas tradicionales de militancia política, logrando sumar un importante capital de ciudadanía. El Frente es rico en pluralidad y tiene la característica de funcionar como una unidad amplia donde las decisiones se toman por consenso, sin mayorías aplastantes y con márgenes para la diferencia. Además, un mecanismo permite a las minorías reservarse las cuestiones que consideran fundamentales .
Naturalmente, no todo ha sido miel sobre hojuelas. Creado el Frente, los grupos que poco tiempo antes habían optado por la vía de las armas y conformaron una guerrilla urbana -el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros -- mantenían un pie en la clandestinidad y otro en la legalidad. Cuando el Frente se formó trataron de colarse de forma encubierta a través del Movimiento 26 de Marzo con acciones que buscaban radicalizar.
En la serie de testimonios que recogió Martha Harnecker con quienes eran entonces los líderes del Frente Amplio, Juan Pablo Terra asegura que ello entorpeció los esfuerzos tendientes a la conformación del Frente . La guerrilla fue entonces uno de los pretextos para desencadenar la represión y el país entró en la moda de las dictaduras militares –menos frecuentes en la historia del Uruguay de lo que han sido en Sudamérica-, que llevaron a la cárcel y al exilio a un gran número de frenteamplistas.
Siguieron así once largos años de una resistencia en los que la dictadura, aunque se lo propuso, no logró destruir al Frente Amplio. Desde la cárcel, algunos de sus líderes continuaron dirigiendo el movimiento que organizó varios comités en el exterior. La represión y la tortura unificaron a los integrantes de corrientes que hasta entonces habían estado dispersas, pero además le enseñó a una izquierda –todavía ortodoxa en muchas de sus concepciones- a recuperar el valor de las libertades individuales y la democracia, así como a abandonar muchas de sus actitudes antisistémicas.
A tal grado fue aquello que fueron liderazgos del Frente (junto con el Partido Colorado) fueron los que negociaron el retorno de la democracia, a pesar de que su máximo líder, el siempre paciente Líber Seregni, estuviese aún proscrito. Una importante dosis de moderación por parte de la izquierda permitió alcanzar en 1984 el pacto de transición conocido como Pacto del Club Naval. Con el tiempo, el Frente fue reconfigurando su fuerza política y ampliando sus niveles de votación. Ya 1984 estuvo muy cerca de obtener, con un solo punto porcentual de diferencia, la votación que hizo presidente a Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado.
Al igual que en varios países de América Latina, la capital del país se convirtió en el polo de crecimiento opositor cuando en 1989 Tabaré Vázquez fue electo intendente de Montevideo, donde habitan casi la mitad de los uruguayos. Esta experiencia permitió revertir el espíritu de resistencia y oposición en el que se había educado la izquierda y formar uno de cultura de gobierno. A diferencia de otros casos conocidos, la izquierda aquí no sólo logró inéditos grados de transparencia, sino que también fomentó una participación social no clientelista que se convirtió en el motor de una nueva cultura política en todo el país.
El gobierno de Tabaré, además, rompió con las formas tradicionales a través de las cuales se venía ejerciendo el poder y la ciudad cambió significativamente. Los resultados de su gestión fueron visibles y le permitieron reelegirse en 1994, rozando hacia finales de su gestión una aprobación superior al 40%. Si acaso un punto en contra fue el elevado gasto en publicidad, ampliamente denunciado por sus opositores .
Un elemento significativo del Frente Amplio fue concentrar gran parte de sus esfuerzos en promover formas innovadoras de participación democrática que han logrado movilizar significativamente a la ciudadanía. La realización de referendums populares promovidos por el Frente Amplio en 1992 sobre la “ley de Empresas Públicas y Reforma del Estado”, no fue mera demagogia, mostró su utilidad práctica para conservar el patrimonio nacional y evitar las privatizaciones que pretendía llevar a cabo el gobierno de Luis Alberto Lacalle. Con estas acciones se evitó el desmantelamiento de los recursos estratégicos del país como ocurrió, por ejemplo, durante el menemismo en Argentina. Gracias al efecto vinculante de este ejercicio, por el que se pronunció el 72% de los ciudadanos, Uruguay es el único país de la región que ha logrado frenar un plan de privatización a través del voto popular.
En el terreno de los liderazgos políticos, también el Frente Amplio tiene algo que enseñar. En 1996, cuando se cumplían 25 años de su fundación, Seregni, su máximo líder, supo que su tiempo había terminado y presentó su renuncia para dejar el timón en manos de un nuevo liderazgo. Aunque pretextó su desacuerdo frente a la reforma política que entonces se pactaba, lo cierto es que Seregni no buscó permanecer como un caudillo omnipresente y mostró la visión política necesaria para retirarse cuando era necesario.
Tabaré Vázquez reunía importantes condiciones para hacerse cargo de los destinos del Frente y presentarse como candidato a la presidencia. Aunque pertenecía al Partido Socialista no estaba vinculado a las viejas luchas internas de la izquierda ni era visto como un político tradicional. Tenía prestigio social y era muy respetado en el campo científico como uno de los más reconocidos oncólogos del país. Esos factores despertaban la simpatía de las clases medias y los sectores moderados.
Conversaciones con Tabaré Vázquez, de Carlos Liscano, lo muestra como un hombre trabajador que nunca pensó en hacer política. Un hombre que se expresa en un lenguaje directo, sin ser por ello demagógico o burdo. Es intelectualmente sólido, aunque no sorprende con ideas rimbombantes y tampoco tiene empacho en afirmar que sabe poco de economía. Lo que sabe –afirma- es trabajar en equipo. La gran fortaleza de Tabaré es un discurso que se diferencia sustancialmente de la vieja política.
Durante largos años el Frente luchó por alcanzar una reforma que acabara con la ley de lemas en la elección presidencial, pues a través de ese mecanismo blancos y colorados presentaban varios candidatos y la elección final siempre recaía en uno de ellos. Finalmente, en 1996 el sistema aceptó reformarse, pero no sin colocar una nueva trampa: el ballotage. Gracias a ese mecanismo una alianza tácita entre blancos y colorados permitió que en segunda vuelta Jorge Batlle ganara la elección presidencial, a pesar de que el Frente había triunfado en la primera ronda. Pero el triunfo de la izquierda estaba cantado. La crisis económica que azotó al país en 2002 le abrió el paso. Sólo faltaba un nuevo empujón.
El Frente necesitaba una dosis de pragmatismo que lo llevara al centro político y le permitiera ampliar y hacer más representativa su base. Fue así como se creó el Encuentro Progresista- Frente Amplio-Nueva Mayoría, una construcción que va más allá de la izquierda, donde concurrieron expresiones sociales descontentas del modelo económico y comprometidas a impulsar un proyecto de desarrollo alternativo. A este esfuerzo se sumó Nuevo Espacio, una corriente de izquierda moderna hoy liderada por Rafael Michelini (hijo de Zelmar Michelini). A pesar de que su arrastre electoral es modesto (ronda el 6%), su apoyo no podía escatimarse. Nuevo Espacio representa el éxito de una idea de partido de izquierda moderna, donde juegan la diversidad y el combate decidido a toda forma de discriminación; una realización exitosa de lo que en nuestro país trató de ser Democracia Social en 2000 y México Posible en 2003.
Durante los últimos años, el Frente hizo un gran esfuerzo por ganar el centro del electorado y ofrecer garantías a los sectores empresariales y a los organismos internacionales de crédito. En ello jugó un papel importante la inclusión de Darío Astori, líder de Asamblea Uruguay, una figura que en el pasado se ganó la antipatía los sectores más radicales por sus posiciones a favor de las privatizaciones y que rivalizó políticamente con el propio Tabaré. Pero los tiempos cambian y las necesidades políticas también. Cuando se barajaron nombres para hacerse cargo del importante ministerio de Economía, Astori era quien permitía acercar un número importante de sectores moderados del electorado --no necesariamente de izquierda--; tanto como a grupos empresariales a favor de políticas de reactivación. Así llegó el Frente Amplio a la elección del mes pasado.
Es lunes por la mañana. Agotados de un fin de semana de festejos regresan a Buenos Aires miles de uruguayos. Como se esperaba, sus votos hicieron la diferencia. Nueve mil de éstos permitieron que el Frente alcanzara el 50, 45% de la votación. Muy lejos quedó Jorge Larrañaga, del Partido Nacional, con un 34,3% El Partido Colorado, que tuvo una vida útil en el gobierno de casi 100 años, hoy está prácticamente hecho polvo Alcanzó solamente un 10,36% de la votación.
Tabaré se propone hacer un gobierno al estilo Lula. Sólo que a diferencia de lo que ocurrió en Brasil hace dos años, el Frente llega al gobierno en una posición de mayor fortaleza política. Su fuerza en ambas cámaras no es minoritaria como ocurre con el PT, sino que disfrutará de una cómoda mayoría en ambas cámaras. Desde hace por lo menos cuatro décadas que en Uruguay no había una mayoría parlamentaria. Aunque no podrá efectuar reformas constitucionales, tendrá margen para aprobar su propio presupuesto y decidir sobre un número importante de materias.
Los cambios tomarán tiempo y eso lo saben lo sabe una sociedad políticamente madura como es la uruguaya. El programa del Frente, sin embargo, hace una distinción entre lo urgente y lo necesario. Las tres prioridades esenciales del gobierno que tomará posesión el primero de marzo son instrumentar un Plan de Emergencia Social; impulsar “un proyecto de país productivo” y demostrar que se puede manejar al país con honestidad y transparencia. Algo podemos aprender de esta historia. Lo que sigue es un nuevo capítulo histórico.
MAS SOBRE URUGUAY
“La integración regional es prioridad para Uruguay¨, entrevista a Reynaldo Gragano, presidente del Partido Socialista del Uruguay.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=153417
16/XI/04
“En Uruguay nada que temer del FMI”, entrevista a Rafael Michelini, líder de Nuevo Espacio
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=151938
8/XI/04
El canto de las cacerolas - Argentina en la era de Nestor K





El canto de las cacerolas
Argentina en la era de Néstor Kirchner*
Artículo y fotos: Hernán Gómez Bruera
Publicado en la revista Nexos de enero de 2007
El país que quedó
En una de sus últimas novelas –Ensayo sobre la lucidez— José Saramago cuenta la historia de una ciudad en la que, en el día menos pensado, se producen unas elecciones en las que gana, de forma total y abrumadora, el abstencionismo. Todas y cada una de las boletas han sido utilizadas para ejercer un voto en blanco. Sin una sola palabra o acto premeditado, los individuos deciden expresarse de una manera peculiar. Las elecciones se repiten. Pero el mismo fenómeno vuelve a ocurrir una y otra vez hasta terminar por enloquecer a la clase política y llevar a la quiebra de todo el sistema.
No todo lo que narra Saramago en aquella novela es ficción. Un pedazo de esa historia ocurrió en Argentina en 1999, cuando más de seis millones de votantes –de un padrón de 24- cumplieron la obligación constitucional de sufragar, pero lo hicieron en blanco. Fue en unas elecciones intermedias, cuando todavía gobernaba Fernando de la Rúa. Aquella contienda fue una parodia, típica del sentido del humor de los argentinos. En algunas casillas del país, los funcionarios tuvieron que utilizar guantes de látex para extraer boletas que habían sido utilizadas de una forma muy peculiar: unas como papel higiénico, otras para guardar preservativos usados, otras para acumular polvos blancos que simulaban ántrax .
No tardó en llegar diciembre de 2001 y la más aguda crisis económica que conozca la historia argentina. Un presidente pasó a la posteridad por huir del país en helicóptero y cuatro más por sucederse en menos de una semana, mientras una multitud salía espontáneamente a golpear cacerolas para exigir “que se vayan todos”, con una melodía que continuaba así: “¿Y después?”, “¡Que se sigan yendo!”.
Diciembre de 2001 fue un momento apocalíptico en el que se soltaron todos los hilos que mantenían articulada a la sociedad argentina. Después de haber sido durante décadas --junto a Uruguay y Costa Rica- uno de los país capitalistas de mayor integración y equidad social en América Latina, el país se sumía en la anarquía y el desgobierno. Las consecuencias de los noventa –bajo los gobiernos de Menem-- y la irrealidad en que vivió el país de la convertibilidad- se hicieron evidentes. La ley de gravedad había sido derogada por demasiado tiempo y ahora todo caía de golpe. El Estado había sido vendido en régimen de liquidación y, sus activos públicos, rifados sin prever las consecuencias.
El gobierno de la Alianza (UCR-FREPASO), que llevó a Fernando de la Rúa al poder, a pesar del componente de centro – izquierda que había en sus filas, no se atrevió a tocar el arreglo económico de los noventa y fue incapaz de revertir la debacle. Argentina se encontraba ahora, después de ser el alumno más aplicado de los organismos internacionales de crédito, deprovisto siquiera de una empresa estatal de hidrocarburos o un solo recurso estratégico para respaldar su economía. En cambio, tenía 20 millones de pobres, ocho millones de indigentes, más de 20 por ciento de desempleo y una masa de sublevados saqueando los supermercados de las principales ciudades del país.
El país de la educada clase media había imitado lo peor de sus vecinos latinoamericanos, dando paso a un proyecto cada vez más concentrador de la riqueza. Si en 1947, durante el primer gobierno de Perón, la diferencia entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre era de sólo siete veces, a principios del nuevo milenio, la diferencia se había vuelto cinco veces más grande .
La solución a la crisis parecía imposible. Tal era el drama argentino, que llegaron a presentarse insinuaciones de disgregación nacional e incluso alternativas semicoloniales. Con toda naturalidad, por ejemplo, se discutió entre círculos académicos y políticos una propuesta de un grupo de economistas extranjeros que sugería, sin más, delegar el gobierno argentino a un comité de crisis conformado por expertos internacionales. Algo similar a lo que ocurrió en Austria durante la posguerra.
Pero la sociedad argentina no se hundió en el lamento. Poco a poco, comenzó a surgir la autocrítica entre algunos de sus sectores con influencia política, decididos a comenzar a llamar las cosas por su nombre y a buscar soluciones más racionales. Ya no podía haber lugar para liderazgos providenciales. El futuro sólo podría construirse en el día a día, sobre la base del trabajo.
El inicio del cambio
Tímidamente comenzó a operarse un cambio. Eduardo Duhalde, un representante de la vieja política que mantenía el control del Partido Justicialista (PJ) en la provincia de Buenos Aires (clave para garantizar la gobernabilidad del país), logró asentarse temporalmente en el poder y establecer las bases para estabilizar la economía y normalizar institucionalmente al país.
A pesar de ser un personaje ligado a las más oscuras prácticas políticas, Duhalde tuvo la visión suficiente para reconocer que no podía permanecer en el poder y fue capaz de conducir al país hacia una sucesión presidencial ordenada. Lo hizo a través de una Ley de Lemas que limitó las posibilidades reales de la contienda presidencial a los candidatos de su fracturado partido y transfirió al electorado nacional su disputa interna.
Surgió entonces el acuerdo que llevó a Néstor Kirchner a la candidatura presidencial y, más tarde, a la presidencia de la Nación. Duhalde ponía una buena parte del aparato político justicialista a disposición de un político sin demasiado carisma, poco conocido fuera de su provincia natal, que parecía fácilmente manipulable. Para un grueso del electorado, sin embargo, tenía un atractivo: era el único que podía impedir que Carlos Menem volviera al poder.
La pelea no fue fácil. En un principio, Kirchner tenía sólo un 7% de la intención de voto. En la primera vuelta electoral, sólo logró alcanzar 22% de la votación, lo que le hizo iniciar su presidencia de con una reducida legitimidad. Hoy, en vísperas de su cuarto año de gobierno, el presidente aún mantiene índices de aprobación superiores al 60%, siendo uno de los mandatarios mejor evaluados en América Latina.
El estilo K
La mayor parte de los argentinos empezó a tomar en serio a Néstor Kirchner cuando escuchó su discurso de toma de posesión, en mayo de 2003. Sus palabras convencían no sólo por la crítica a la Argentina de los noventa, sino por tampoco prometían más de lo posible. Fue sensato: “Concluye en la Argentina una forma de hacer política y un modo de cuestionar al Estado. Sabemos a donde vamos y sabemos a dónde no queremos volver. Colapsó el ciclo de anuncios grandilocuentes y grandes planes seguidos de frustración por la ausencia de resultados. Tenemos que avanzar hacia un cambio cultural y moral de la sociedad argentina” (...)
A las palabras de Kirchner siguieron una serie de actos simbólicos, pero contundentes, que marcaron sus primeros días en el gobierno y le permitieron conquistar una mayor credibilidad. Tomó medidas ejemplares en materia de combate a la corrupción y respeto a los Derechos Humanos. Tan sólo en el primer mes arremetió contra el presidente de la Corte Suprema, --un incondicional del menemismo--, intervino el organismo de pensiones de los jubilados, un gran foco de corrupción, y atacó la más desprestigiada institución de la Argentina al pasar a retiro a 40 altos mandos de las Fuerzas Armadas.
En poco tiempo, Kirchner marcó la pauta de un nuevo estilo de gobernar –conocido popularmente como el estilo K-- caracterizado por un discurso osado –muchas veces agresivo-- y una tendencia a abrir frentes de conflicto con los poderes fácticos –los grupos financieros, la Iglesia, los grandes grupos mediáticos—y, fundamentalmente, los “cómplices del saqueo de la Argentina” durante los noventa.
Para Kirchner el conflicto tiene una lógica propia. Es una forma de construir poder a partir de antagonizar con sus opositores y colocarse en un nivel de superioridad política y moral, pero es también la energía a través de la cual busca hacer dinamizar y hacer posible un cambio histórico. Para Kirchner y los suyos, una política sin conflicto sería una política conservadora .
En tal sentido, Kichner sigue el libreto populista latinoamericano –negativo para algunos, positivo para otros--, cuyo punto decisivo a destacar, según plantea Nicolás Casuyo, es la capacidad de desarrollar en los hechos la escena concreta del conflicto. Un conflicto que, aunque no se exprese todos los días, “está latente en un continente de históricos poderes hegemónicos” .
Política exterior y recuperación económica
Es en parte como resultado de esa lógica del conflicto que Kirchner inauguró un estilo diplomático distinto, muy alejado del culto a las formas y decidió a dar un giro sustantivo a la política exterior. Decretó el fin del “alineamiento automático” y las “relaciones carnales” con Estados Unidos de los años noventa y se planteó una relación seria y madura, consistente en buscar consensos, pero también marcar diferencias.
“Es importante decir –explicó entonces el canciller Bielsa-- que este gobierno ni en materia comercial ni en asuntos políticos ha reemplazado el alineamiento automático por la oposición automática a los Estados Unidos. Estamos convencidos de que una cosa es discutir y enfrentar concretamente posiciones imperiales perjudiciales al país y otra es plantear una posición ideológica de colegio secundario o permanecer en un antiimperialismo retórico y paralizante” .
El éxito más importante de la política exterior del kirchnerismo radica en la firmeza con la que negoció el canje de la deuda, a pesar de encontrarse en una situación de relativa debilidad. Por primera vez en décadas el país logró desprenderse de una parte importante de ésta y negociar con los acreedores una quita del 70%, sin adoptar compromisos que no fuera capaz de cumplir, como había ocurrido en todos los acuerdos anteriores.
La línea del ministro de Economía, Roberto Lavagna, fue afirmar, en todo momento, que Argentina cumpliría con sus compromisos, pero que la única manera de atender las exigencias de los acreedores podría ocurrir si se otorgan al país márgenes para recobrar el crecimiento económico.
A través de su estrategia negociadora la Argentina ha sentado un precedente internacional. En su disputa frente al Fondo, las autoridades demostraron cómo en buena medida el organismo compartía una parte de responsabilidad en la crisis y marcar una pauta de las futuras reformas que requiere el organismo. Lavagna sugirió entonces que el objetivo final del FMI no debía ser imponer reformas estructurales, sino concentrarse en metas macroeconómicas de desempeño fiscal, tipo de cambio o política monetaria y financiera.
Como parte de ese esfuerzo, Argentina y Brasil han elaborado juntos una serie de planteamientos orientados a recuperar una agenda latinoamericana que permita abrir paso a una alternativa distinta al Consenso de Washington . Por ello es que ambos solicitaron al Fondo (Brasil ya lo consiguió y Argentina lo hizo parcialmente) que los gastos de infraestructura fuesen deducidos al contabilizar el superávit fiscal primario y que las metas exigidas por el organismo no limiten el desempeño de la economía y de los programas sociales.
La firmeza con la que el gobierno de Kirchner negoció el canje de la deuda ha liberado al país de una bomba de oxígeno. Si bien Argentina atraviesa hoy una coyuntura de crecimiento económico, motivada en buena medida por el mantenimiento de un tipo de cambio alto y por las oportunidades que ofrece el mercado asiático para la exportación de commodities, el éxito en el mediano plazo no está garantizado y no lo estará mientras no se resuelvan las debilidades estructurales de su economía.
Gobierno progresista
Por su verborragia y por la forma en que se enfrentó a los organismos de crédito, algunos sectores conservadores dentro y fuera del país vieron en Kirchner, especialmente al principio de su gobierno, a un setentista nostálgico del viejo populismo. La crítica, sin embargo, casi nunca toca al manejo de la economía. Por el contrario, la disciplina fiscal de Kirchner es ampliamente reconocida.
Kirchner se define a sí mismo como un político progresista. Aunque no le gusta mucho confesarse peronista, en una ocasión lo hizo sin dobleces. Según cuenta el periodista Walter Curia, ocurrió en la Casa Blanca, en julio de 2003, al final de su primer encuentro con el presidente Bush. Después de escucharlo un rato, el mandatario norteamericano le preguntó: “¿Entonces debo considerarlo de ahora en adelante un hombre de izquierda?” “Considéreme peronista”, fue la respuesta de Kichner .
Con esa respuesta, Kirchner se reservaba un margen de ambigüedad que le permitía un juego político propio en la región. Y es que si aceptamos la lógica según la cual hay dos tipos de gobiernos progresistas en América Latina: unos de tinte populista y radical y otros de carácter socialdemócrata y reformista, Kirchner podía aspirar a mantenerse en una suerte de “tercera posición”, e incluso funcionar como puente entre esos dos mundos.
Ello no quiere decir que Kirchner carezca de una identificación ideológica propia. Su adscripción al peronismo de izquierda y su participación en esa “juventud maravillosa” que acompañó el regreso del General en 1973, es públicamente conocida. Sin embargo, Kirchner ha establecido una distancia crítica –cada vez más generalizada en Argentina— entre el peronismo y el “pejotismo”. Éste último, reducido al PJ, es visto como un mero aparato burocrático de poder vacío de contenido e ideas, dispuesto a servir a quien ejerce el poder.
Kirchner ha mantenido en el gobierno de forma más o menos inalterable la visión sobre el papel del Estado –presencial, reparador, protector y promotor—, así como la idea de “reconstruir un capitalismo nacional capaz de reinstaurar la movilidad social ascendente”. En su ideario político, el peronismo tiene la tarea de reconstruir un Estado desvastado y recuperar sus márgenes de autodeterminación y decisión. Construir un país, no ya con las características que soñó Perón en los cuarenta, pero sí con un grado de autonomía razonable, en un mundo que sabemos y asumimos absolutamente interdependiente .
¿El último peronista?
En el ámbito político, la presidencia de Kirchner se ha caracterizado por un intento de marcar una distancia frente a las estructuras del PJ, lo que ha hecho a través del Frente para la Victoria, una agrupación del peronismo, a través de la cual se planteó en sus orígenes la construcción de un proyecto político transversal, capaz de sumar cuadros de otros partidos y figuras sin partido. Por eso es que, para algunos, el presidente argentino ocupa el lugar de el último peronista .
La realidad, sin embargo, es otra. El peronismo ha sido declarado muerto muchas veces y siempre vuelve a mostrarse vivo otra vez. Esta no parece ser la excepción. A pesar de la retórica, el proyecto de la transversalidad no ha tenido el éxito esperado, en buena medida porque Kirchner ha privilegiado un modelo concentrador de poder y un estilo autoritario, cada vez más personalista. Hay rasgos de su personalidad típicamente peronistas, sino es que incluso “pejotistas”. Su “afán hegemónico” y una cierta inclinación anti-institucional, lo ejemplifican claramente.
Walter Curia, un periodista del diario Clarín –no precisamente adversario del gobierno-- indagó en algunos de los rasgos que hacen a esta personalidad y que se han manifestado en su trayectoria política, desde que fue gobernador de Santa Cruz, su provincia natal. Parece haber un patrón cíclico que se repite cada vez que ejerce el poder. Al igual que le ocurriría más tarde con la presidencia, Kirchner, Kirchner ganó la gubernaturael gobierno de su provincia por un escaso margen de votos, sin controlar la estructura del partido y sin ninguna intendencia propia. Sin embargo, poco a poco fue consolidando un poder cada vez más centralizado que le permitió permanecer 12 años consecutivos.
Allí también recibió una administración en profunda crisis económica, aunque al poco tiempo logró sanearla, sin generar mayores conflictos sociales. Ejerció un rigurosísimo manejo de la caja, alcanzó superávit fiscal y aún así fue un gran gestor de obra pública. Su gobierno, sin embargo, se caracterizó por una creciente concentración de poder en manos del Ejecutivo. Modificó la composición del Tribunal Superior de Justicia para crear un cuerpo complaciente que le permitiera, entre otras cosas, reelegirse por tercera vez en 1998.
Pero eso no fue todo, a finales de 2001, durante su tercer mandato, utilizó la mayoría oficialista de la Legislatura para incluir a Carlos Zanini, un incondicional, en el Tribunal Superior y, más tarde, para hacerlo presidente del mismo. Zanini, junto a la senadora Cristina Kichner, integran el reducidísimo grupo de colaboradores que toman decisiones junto al presidente .
Kirchner ejerce un sistema de poder radial en el que él siempre ocupa el centro. Jamás realiza reuniones de gabinete en las que sus ministros puedan deliberar y los mantiene bajo un estricto control. Ninguno de ellos puede anunciar públicamente iniciativas que antes no hayan sido revisadas por él ni mucho menos discrepar con alguna línea oficial, por menor que ésta sea. Kirchner no suele delegar funciones y no permite que se tomen decisiones sin su consentimiento.
A partir de la elección legislativa de octubre de 2005, su tendencia personalista ha sido cada vez más clara. Luego de alcanzar una amplia mayoría en el Congreso y desplazar a Eduardo Duhalde, quien hasta entonces representaba una seria amenaza para consolidar su poder, de forma poco caballerosa se deshizo de Roberto Lavagna y Rafael Bielsa, los dos ministros que tenían un peso y una imagen independiente, para acercarse de figuras más obsecuentes y avanzar hacia un gobierno donde el culto a la personalidad es cada vez mayor.
En el Congreso, el kirchnerismo se ha aliado con algunos residuos del duhaldismo, que representan lo más criticable de la vieja política argentina y ha iniciado una “fina tarea de seducción” (por no llamarla cooptación) de diputados opositores para obtener “superpoderes” que le permitan modificar el presupuesto libremente.
La más criticada de todas sus acciones fue la reforma del Consejo de la Magistratura. A través de ésta el oficialismo se hizo del control de una institución en la que tradicionalmente estaban representadas en condiciones equitativas todas las fuerzas políticas para ejercer un cierto control sobre el Poder Judicial. Por primera vez, todo el espectro opositor se unió en una votación contra el gobierno y denunció el intento de manipular la Justicia.
Dice Beatriz Sarlo, en una de las clásicas críticas que hace la derecha, que Kirchner es un “setentista cultural y un hombre de los pragmáticos noventa en la política de todos los días”. “Podría ser una buena mezcla –opina— si la sensibilidad popular y el igualitarismo, como ideales setentistas, se hubieran mantenido después de una crítica profunda de su carácter autoritario (…) Sin embargo, Kirchner es un duro soberano que aprendió en los noventa que quien no tiene todo el poder no tiene nada”.
Para los peronistas, sin embargo, hay otra lectura de la democracia. Nicolás Casuyo, un intelectual cercano al peronismo, plantea que el populismo en América Latina (el caso del peronismo aplica en su análisis), a pesar de ser deficitario en lo que a democracia institucional se refiere, representa una experiencia democratizadora. “En un continente de históricos poderes hegemónicos –afirma-- el populismo siempre supo y pudo recrear formas democratizantes de presencia de bases sociales a contrapelo de una realidad abusiva” .
Para muchos argentinos las prácticas autoritarias –que no necesariamente antidemocráticas-- del kirchnerismo, admiten un desagravio. La tendencia anti-institucional del peronismo es ya conocida y ha terminado por ser parte de los “usos y costumbres” de la política nacional, sin generar una condena universal. Se ha vuelto un lugar común creer que sólo los peronistas son capaces de gobernar el país. Que mientras los radicales conocen de formas republicanas y respeto a la ley, los peronistas saben de realpolitik.
Alguna vez un peronista me lo explicó más o menos así: Cuando un radical llega a un restaurante abarrotado, se anota en la lista y, siguiendo la regla, espera que le llamen por su nombre. Cuando llega a un peronista, los meseros ya le conocen. La sola idea de anotarse sería absurda. Sabe que pasará inmediatamente. No sólo porque ha dejado buenas propinas en otras ocasiones, sino porque es amigo del camarero, del cocinero y hasta del ayudante de cocina.
Aunque Kirchner lograra efectivamente consolidar una organización política de nuevo tipo, anticipar el entierro del peronismo y la cultura política que este ha engendrado en la Argentina, se antoja aún remoto. Incluso porque el poder del presidente sigue sosteniéndose en un aparato peronista. El clientelismo político, con sus lazos de control y dependencia, perdura en la Argentina como una institución informal, extremadamente influyente. Sin ella, probablemente, el gobierno de Kirchner no se mantendría vivo un solo día.
No se trata sólo de ese intercambio de favores por votos. El asunto no se limita a la descarada, y a veces patética, distribución de alimentos en actos políticos, sino a “un entramado de redes de relaciones y representaciones culturales”. Existe una red de resolución de problemas que todavía suple un rol que el Estado no atiende adecuadamente . Muchas veces, ese perverso aparato que lucra con la miseria, es la única red de protección social con la que cuentan los más pobres de los pobres.
A ese sector de la población, hasta ahora, nadie ha podido representar –para bien o para mal-- como lo ha hecho el peronismo. Fenómenos políticos modernos dentro del espacio progresista argentino, como FREPASO, apostaron fundamentalmente a las capas medias de la sociedad a través de una estrategia mediática. Sin embargo, nunca se plantearon realmente disputar la conquistas de las bases populares .
Aún después de la “traición menemista”, el peronismo sigue remitiendo hoy a un país en el que existía la “movilidad social ascendente” y en el que los habitantes de una villa miseria podían tener la esperanza de pasar a mejor vida. El peronismo es aún hoy recordado como ese movimiento social y político a partir del cual los trabajadores dejaron de ser animales y comenzaron a ser ciudadanos. Aunque sólo sea en el imaginario popular, el peronismo sigue representando la nostalgia de un pasado perdido y la posibilidad de un futuro mejor.
En los últimos años Argentina ha logrado avances muy importantes y el Estado, mal que bien, ha vuelto a colocarse al servicio de la sociedad. Pero nadie debería pecar de ingenuidad. Lo más importante que surgió en ese país en diciembre de 2001 fue la forma en que la ciudadanía demostró su capacidad de movilización. La sociedad demostró una capacidad contestataria nunca antes vista. Quienes se dedican a administrar la cosa política del país austral no deberían dejar de escuchar el canto de las cacerolas que hicieron temblar las calles de Buenos Aires. Creer que éstas están bien guardadas sería un error. Un episodio de indignación colectiva puede poner nuevamente las ollas en la calle.
MAS SOBRE ARGENTINA
Desde el Sur, Rafael Bielsa y Hernán Gómez
http://guerrillero-dandy-mislibros.blogspot.com/
''El Mercosur debe ser ya una zona de progreso'':Eduardo Sguiglia, Autor del Consenso de Buenos Aires.
www.cronica.com.mx/nota.php?idc=133337 - Resultado Suplementario
Huellas de la represión argentina
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=74676
13/VII/03
Kirchner, el efecto de la esperanza
http://www.cronica.com.mx/nota.php?idc=73763
08/VII/03
domingo, 28 de enero de 2007
Evolandia no es Hugolandia





Evolandia no es Hugolandia
Publicado en la revista Nexos de septiembre de 2006
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
Hace tiempo observo que se ha vuelto lugar común, al referirse a los gobiernos de izquierda en América Latina, trazar una forzada línea divisoria entre los gobiernos que siguen el ejemplo socialdemócrata y reformista, “respetuoso de las instituciones y las leyes del mercado”, de quienes se aventuran por el “irresponsable camino del populismo y el nacionalismo”.
Se dice, mientras los primeros persiguen a figuras sensatas como Ricardo Lagos o José Luis Rodríguez Zapatero, los segundos se asimilan a demagogos y radicales como Hugo Chávez, Fidel Castro y, ahora también, Evo Morales.
Estas concepciones, frente a las que no es inmune la propia izquierda, no están muy lejos de la visión que sobre América Latina tiene una buena parte de la derecha en la región y de los sectores más conservadores de Estados Unidos.
Ese reduccionismo analítico revive la idea de “ejes del mal” propios de la Guerra Fría y asume por contigüidad, de forma fácil, la existencia de una “izquierda buena” y una “izquierda mala”. Un enfoque que no aporta mucho cuando se trata de entender la compleja realidad que vive América Latina.
La adopción de formas más o menos socialdemócratas, populistas o radicales no es una simple elección académica o doctrinaria a la cual adscribe un partido o un gobierno, sino el resultado de las posibilidades que ofrece la realidad. De distintos procesos políticos, tipos de sociedades y funcionamiento de las instituciones.
Por arcaísmo intelectual o por mera holgazanería, algunos limitan la comprensión de la Bolivia de Evo Morales a una expresión más del populismo de Hugo Chávez, como si nada distinguiera a uno del otro o como si gobernaran países idénticos con la misma historia. Nada más alejado de la realidad.
Viajé a Venezuela, en agosto de 2005 y a Bolivia en marzo de este año para conocer adentrarme en sus situaciones políticas y tener mi propia visión de lo que allí acontece. En un artículo publicado en estas mismas páginas, vertí mis observaciones sobre el régimen bolivariano . Vale la pena ahora referirme a la segunda experiencia.
Y es que más allá de las simpatías personales entre líderes, del padrinazgo que uno pueda ejercer sobre otro o de los alineamientos estratégicos que en gestación, Hugolandia y Evolandia son mundos distantes. En el último caso, la crítica a Morales tal vez admita un desagravio.
I
Aunque quisieran parecerse, mientras Hugo Chávez –y su Movimiento V República-- es una construcción política surgida esencialmente en torno al carisma y la personalidad de un caudillo, Evo Morales –y el Movimiento al Socialismo (MAS)-- es un producto amplio y diverso de movimientos sociales. Si uno irrumpió desde lo militar, el otro lo hizo desde el movimiento sindical.
Nunca está de más conocer la Historia. Los orígenes del MAS se remontan mediados de la década del ochenta, cuando Víctor Paz Estensoro instrumentó una política de privatizaciones que afectó particularmente a los mineros del estaño y condujo al desempleo a miles de ellos. Sin mayores alternativas, la otrora fuerza sindical más importante del país, trasladó su actividad a la única opción rentable: la sagrada hoja de coca. Así, de la mano de una nueva generación de campesinos militantes, puso en marcha grandes sindicatos cocaleros en la región de El Chapare y Los Yungas .
Ante la debilidad de la clase obrera, a principios de los noventa estas federaciones sindicales se habían convertido en una auténtica vanguardia de las transformaciones sociales que fueron creciendo de manera notable para oponerse a las políticas de erradicación forzosa de la hoja de coca. Muy pronto crearon su propio brazo político - electoral –la Asamblea por la Soberanía de los Pueblos (ASP)— desde la cual comenzaron a participar en elecciones municipales.
Con el tiempo, la agrupación fue ampliando sus demandas y su dimensión política. Sus luchas trascendieron lo exclusivamente gremial y alcanzaron reivindicaciones nacionales, frente a una derecha cada vez más localista. Así se fueron sentando las bases del MAS. Al tiempo que se consolidaba un movimiento - partido, la sociedad boliviana comenzaba a movilizarse espontáneamente ante la ausencia de legítimos representantes y frente a un gobierno dispuesto a llevar al extremo más dogmático la idea del Estado mínimo.
En 1997, dos días antes de concluir su primer mandato, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada emitió un decreto de dudosa constitucionalidad (para algunos flagrantemente inconstitucional) que permitía la propiedad de una gran empresa multinacional sobre el gas natural en su origen. Ello significaba que el gas era boliviano mientras permanecía bajo tierra, pero la propiedad de bombeo y venta pasaba a ser parte del Grupo Pacific, del cual participan Repsol - YPF y British Petroleoum.
Si bien el acuerdo original con las empresas estipulaba un reparto a medias entre el Estado y las corporaciones privadas, Sánchez de Lozada incluyó una cláusula secreta en la que los “nuevos pozos” serían explotados con un porcentaje para el Estado boliviano de sólo el 18%, mientras que el 80% restantes correspondería a las multinacionales. Así, Bolivia vendía un millar de pies cúbicos de gas a Estados Unidos al irrisorio precio de 0,7 centavos por dólar. La cifra no sólo era inferior a la que se le ofrecía entonces a Brasil, sino muy por debajo del 2,70 que costaba el gas al empobrecido pueblo boliviano .
Ni lento ni perezoso, el entonces diputado Evo Morales denunció desde su curul parlamentaria (el MAS tenía sólo cuatro diputados, uno por cada zona cocalera) la estafa que se cometía. Unos días después, el dirigente fue expulsado de la Legislatura, acusado de utilizar su inmunidad parlamentaria para soliviantar a los campesinos. La proscripción, naturalmente, no hizo más que fortalecer su liderazgo .
La sensación de estafo comenzó a crecer entre los bolivianos y fue candela en los movimientos sociales. Entre éstos se fue propagando la creencia de que podrían salir de la miseria con los miles y millones que se podrían obtener del dominio de sus recursos naturales estratégicos. En distintos puntos del país comenzaron a gestarse una serie de luchas centradas en su defensa.
La mecha se encendió en abril de 2000, cuando se produjo en la ciudad de Cochabamba la llamada “Guerra del Agua”. La población salió a las calles espontáneamente para hacer retroceder un contrato concedido a una multinacional que pretendía manejar el negocio del vital líquido con incrementos en las tarifas que superaban el 100 por ciento.
El crecimiento y el impacto de esta movilización dieron como fruto una nueva forma de participación política por fuera de los partidos o las estructuras tradicionales, a través de asambleas, redes y movimientos autogestionarios, que en parte dieron origen al llamado Estado Mayor del Pueblo, hoy uno de los principales sustentos de ciudadanía que tiene Evo Morales fuera de la estructura del MAS.
En septiembre de 2000, un gran bloqueo protagonizado por sectores campesinos e indígenas dejó a la ciudad de La Paz sin abastecimiento durante varios días. No se veía algo igual desde que el legendario Túpac Katari sitió esa ciudad en tiempos coloniales. Con esa simbólica connotación, los indios habían llegado al centro de la escena política boliviana para quedarse.
Aunque el dirigente que entonces saltó a la palestra fue el radical Felipe Quispe –con un discurso que reivindicaba la indianidad hasta el punto de excluir a los blancos --, a la larga el discurso más incluyente de Evo Morales habría de capitalizar esa creciente movilización.
Para las elecciones de 2002 Evo se presentó por primera vez a una presidencial. Ocurrió entonces un fenómeno que ejemplifica como ningún otro la torpeza de la actual política estadounidense hacia América Latina y el grado en que el antiimperialismo se ha convertido en capital político para ciertos líderes en la región:
El entonces embajador en Bolivia, Manuel Rocha, tuvo la genial idea de declarar públicamente que si Evo resultaba electo, su gobierno reconsideraría cualquier forma de ayuda en el futuro y que la relación comercial entre ambas naciones entraría en una fase de peligro.
Esa intromisión generó tal indignación que Evo aglutinó inmediatamente al electorado nacionalista, logrando así captar un inesperado caudal de votos: 20,9% De esa forma, el dirigente cocalero se consagró inmediatamente como la segunda fuerza política del país, a un escaso 0,6% de ganar la elección. Con los más de seis puntos porcentuales que obtuvo Felipe Quispe, la izquierda había obtenido más votos que la derecha. Las cartas estaban echadas, aunque faltaría derramar sangre, sudor y lágrimas.
Sánchez de Lozada inició entonces su efímera segunda presidencia, llena de dificultades, en un escenario marcado por la ingobernabilidad, el asedio permanente de los movimientos sociales y la falta de aliados políticos en el Congreso. Llegó así el crispado 2003 y esas escenas que conmovieron al mundo. En septiembre, una huelga general indefinida paralizó a varias ciudades del país. En octubre, los indios comenzaron a bajar de la ciudad de El Alto para exigir la renuncia del presidente.
Hubo bloqueos, desabastecimiento y más de ochenta muertos. Los daños podrían haber sido mayores de no ser porque el 15 de octubre de 2003, Sánchez de Lozada –en una de esas imágenes que se han vuelto usuales en Sudamérica-- abordó un helicóptero y escapó rumbo a Miami.
El episodio de aquellas semanas --conocido como La Guerra del Gas--, unificó a los partidos de izquierda y a un movimiento social, hasta entonces diseminado regionalmente, en torno a una consigna nacional: que Bolivia --con la segunda reserva más grande de gas natural en América del Sur-- debía recuperar los beneficios provenientes de su explotación.
Ese sentir sería más tarde reafirmado en una consulta popular convocada por el gobierno de Carlos Mesa, y así tuvieron que empezar a entenderlo las fuerzas políticas (de hecho en la última elección todas las plataformas políticas de los candidatos proponían alguna forma de nacionalización de los hidrocarburos). Pero Evo Morales y los suyos lo plantearon con más contundencia que nadie.
Algunos han sugerido que Morales estuvo detrás de la caída de Sánchez de Lozada. Lo cierto es que su papel en los episodios de octubre fue secundario . En realidad, si se compara la forma en que uno y otro irrumpió en la escena política, no hay en Evo Morales nada que se le parezca al pecado original de un chavismo sublevado en los cuarteles.
Evolandia y Hugolandia viven bajo la presencia de fuertes liderazgos carismáticos que tienen aspectos asimilables a un populismo redistributivo, posible gracias a la renta que ofrecen los hidrocarburos. Sin embargo, --y pésele a quien le pese--, las credenciales democráticas y los componentes de ciudadanía de uno y otro no son iguales.
II
El Movimiento V República, en Venezuela, y el Movimiento al Socialismo, en Bolivia, se asemejan en su retórica antiimperialista y en su discurso antineoliberal. Ideológicamente, se parecen en su carácter popular y en su defensa encendida de los más pobres. La formación ideológica de los cuadros del MAS, sin embargo, es variopinta y mucho más vasta. Se trata, en términos generales, de un conglomerado de corrientes y tendencias que lo hacen más plural y diverso.
En el MAS coexiste una vertiente marxista - guevarista, encabezada por Antonio Peredo; una vertiente nacionalista - sindical, de Andrés Soliz Rada, hoy ministro de Hidrocarburos, un corriente surgida del encuentro entre la izquierda socialista y el indigenismo --cuyo máximo referente es hoy el vicepresidente Álvaro García Linera, cada vez más socialdemócrata-- y una serie de cuadros tecnócratas que han sido invitados al gobierno, partidarios de un Estado fuerte que impulse un capitalismo nacional, como el ministro de Desarrollo Sostenible, Carlos Villegas --otrora uno de los principales asesores económicos del MAS--, y el poderoso empresario cruceño Salvador Ric, ministro de Obras.
El MAS es una federación de corporaciones populares --mezcla de izquierda rural y urbana, sindicalismo e indigenismo-- en el que coexisten, de forma no siempre resuelta, prácticas típicamente sindicales y de movilización social, con las propias de una estructura partidaria. A diferencia de lo que ocurre en el Movimiento V República, se nutre de un conjunto de agrupaciones sociales que tienen una relación directa y regular con sus “bases”, lo que le da un dinamismo propio a su acción política.
Evolandia y Hugolandia se asemejan en su carácter popular, pero difieren en su composición social. El aspecto fundamental que diferencia a Evo de cualquier otra experiencia de liderazgo de izquierda en América Latina es el elemento indígena. Bolivia es una nación mayoritariamente india, donde el mestizaje –a diferencia de lo ocurrido México, o incluso de Perú o Ecuador— fue porcentualmente mucho menor. Incluso Venezuela, con sus 33 etnias, está muy lejos del porcentaje de población indígena que existe en Bolivia
Aquí, unas dos terceras partes de la población se identifica con alguno de los 37 grupos étnicos del país. Cada uno de estos grupos se asume como una patria en sí misma. En consecuencia, la discriminación contra esos pueblos no es la de una mayoría frente a una minoría (el debate supera el reconocimiento de “usos y costumbres”), sino la de una elite blanca reducida que sojuzgó históricamente a las mayorías, un poco a la manera de Sudáfrica.
El programa del gobierno de Evo Morales, en este aspecto, es radical, aunque seguramente no al grado de ciertas tesis antioccidentales del MAS y de otros movimientos indígenas como el de Felipe Quispe. En todo caso, la postura que parece haberse impuesto en el nuevo gobierno es el más razonable de todas: la que expresa el sociólogo y vicepresidente Álvaro García Linera: Que Bolivia –siendo una sociedad multicultural— debe constituir, también, un Estado multicultural.
Durante una conversación en el Palacio de Gobierno, García Linera lo explicó en estos términos: “En nuestro país tienen que convivir distintas lógicas civilizatorias. Tenemos que hacer coincidir la racionalidad moderna, industrial, mercantil y urbana con la lógica comunitaria que está ahí y va a estar durante los siguientes 50 años. Hay que aprender a convivir con esa lógica comunitaria, en vez de que aparezca o emerja en cada bloqueo o en cada insurrección”.
Quienes hoy gobiernan Bolivia están guiados por la casi religiosa convicción de “desmontar el colonialismo interno”. En el conceptualización de este ideólogo del marxismo-indigenismo eso implica “la extinción del capital étnico como un componente definitivo en la formación de clases sociales” .
III
Para concretar su ambicioso programa político, Evo y los suyos han apostado todas sus cartas a la aprobación de una nueva Constitución para refundar el país. Es cierto, también el presidente Hugo Chávez lo hizo. En su caso, le cambió hasta el nombre, le dio una orientación oficial bolivariana, decretó la creación de un Estado social de derecho y le dio un estatus jurídico a la democracia participativa. Pero Chávez modificó además las estructuras de poder, desmantelando las instituciones preexistentes, e inició una creciente concentración del poder en sus manos.
No tengo demasiadas evidencias de que el Constituyente boliviano esté orientado a concentrar el poder del Estado en manos del Ejecutivo como ocurrió con la República Bolivariana. Salvo por un asunto discutible: el intento por establecer la reelección presidencial inmediata. En una animada conversación con Antonio Peredo, presidente de la Comisión de Constitución del Senado (hermano de los legendarios guerrilleros Coco e Inti Peredo), le cuestionamos, con cierto ánimo provocador, si –a la manera de Hugo Chávez-- el MAS promovía el Constituyente para perpetuarse en el poder. Algo molesto respondió:
“Eso es algo que dicen ustedes, los periodistas, pretendiendo que si lo repiten se va a convertir en verdad absoluta. No hubo ninguna necesidad de hacer una reforma constitucional para perpetuar en el poder a Víctor Paz Estensoro, que fue cuatro veces presidente entre 1952 y 1989, cuando mandó sobre un partido que gobernó junto a dictaduras militares (...) Estamos pensando hasta en cuatro o cinco presidencias. Pero eso no quiere decir que en ese proceso no se dé la necesaria participación de otras personas y otras fuerzas”.
Más allá del exabrupto, lo que se puede rescatar de la respuesta de Peredo es un esfuerzo del gobierno de Morales por desplegar una estrategia de negociación –y se ha podido constatar en hechos—capaz de procesar la diversidad del país.
En una conversación más sosegada, Waldo Albarracín, Defensor del Pueblo de Bolivia (un hombre progresista, aunque no un integrante del MAS), explicaba: “La Asamblea Constituyente es básicamente una tarea política. Se trata de que por primera vez se sienten a pactar sectores que por su clase social o su pertenencia étnica han tenido posturas irreconciliables y nunca antes se han sentado a hablar. Tenemos que lograr que lo hagan para viabilizar la construcción de una nueva identidad nacional.”
Hasta donde se logró observar, la estrategia de consenso ha quedado demostrada en el propio proceso a través del cual el Parlamento aprobó, con el consenso de todos los partidos, la convocatoria a la elección del Constituyente. En éste no sólo estarán representados los partidos políticos: estará abierto a las agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas.
A cambio de esto, el gobierno cedió en su pretensión original de que los constituyentes sólo fuesen electos en circunscripciones uninominales por el principio de mayoría simple, con lo que habrá una significativa representación proporcional y la oposición obtuvo la aceptación del oficialismo para que se lleve a cabo un referéndum vinculante sobre las autonomías departamentales, reivindicación que desde hace tiempo vienen planteando los sectores conservadores del país.
La Constituyente será, por tanto, un ejercicio de toma y daca donde se pondrá a prueba la capacidad de negociación del gobierno de Evo Morales.
IV
La retórica de Hugo Chávez despierta más pasiones que razones. Algo similar ocurre con Evo Morales. Se los ama o se los odia. La izquierda radical, que perdió a su referente soviético y se vació de ideas, ha encontrado en éstas figuras una nueva idolatría, como lo han hecho también los “movimientos antiglobalización”. En el espectro contrario, la oligarquía reaccionaria, que en el pasado hizo excelentes negocios en estos países, teme perder sus privilegios, reacciona con virulencia y ve en estos líderes a “malosos” y villanos.
Unos y otros atribuyen a Chávez y a Morales un carácter radical desproporcionado que no se compadece con la realidad de su conducta política. En el caso que nos ocupa, Evo viene transitando un camino de moderación desde hace varios años.
Podría decirse incluso en el pasado reciente ha sido un factor estabilizador en medio de un clima de agudo encono social. Morales apoyó el nombramiento de Carlos Mesa como sucesor de Sánchez de Lozada y fue uno de los aliados que le permitió sostener la primera fase de su presidencia.
Hizo una campaña en la que logró tender puentes hacia los sectores medios, los organismos no gubernamentales y la Academia. En su fórmula a la Vicepresidencia incluyó a un candidato que, por su perfil intelectual y su discurso moderado, fue capaz de tender puentes hacia la clase media blanca y mestiza. Ya en el gobierno, García Linera es una voz de pragmatismo y sensatez y uno de los cuadros políticos con mayor visibilidad, a pesar de ser criticado por algunos sectores radicales del MAS.
Al poco tiempo de ganar las elecciones, el Vicepresidente descartó que el triunfo de Evo Morales abriera la posibilidad de avanzar en una perspectiva socialista en un horizonte próximo. Especialista en acuñar conceptos, propuso una alternativa: la de construir un “capitalismo andino-amazónico”. Un Estado fuerte que regule la expansión de la economía industrial, extraiga sus excedentes y los transfiera al ámbito comunitario para potenciar formas de autoorganización y de desarrollo mercantil adaptables a las comunidades indígenas.
Aunque la nacionalización de los hidrocarburos decretada por el gobierno de Morales ha sido interpretada como un acto radical, si se examinan los pormenores del caso y la irresponsabilidad con la que se manejó la política hidrocarburífera durante los gobiernos previos, se antoja como una decisión de unidad elemental, sino es que, simple y sencillamente, como un estrategia de supervivencia.
La decisión hubiera sido extrema si el gobierno hubiese impulsado una vía confiscatoria. No sólo porque ello hubiera implicado el pago de indemnizaciones cuantiosas, en una suma superior al total de su deuda externa, sino además porque hubiese generado una ruptura con las empresas extranjeras, con su consiguiente asilamiento internacional.
Lo que se hizo fue dar marcha atrás a una decisión inconstitucional -- nula de pleno derecho, pues nunca fue aprobada por el Parlamento--, bajo un recurso que está reconocido en el Derecho Internacional. Además en Bolivia ya se nacionalizaron los hidrocarburos en dos ocasiones: la primera fue en 1935 --antes que México--, y la segunda en 1969. Lo que hizo el gobierno de Morales fue dar marcha atrás a una decisión inconstitucional –así establecida por un tribunal--, bajo un recurso que está reconocido en el Derecho Internacional.
Aquí, Evo recurrió a una estrategia de fuerza, cuyo objetivo final es maximizar sus posibilidades a la hora de negociar. Si bien el decreto establece que el gobierno obtendría el 80 por ciento de las ganancias por concepto de impuestos, regalías o “participaciones”, lo cierto es que hay un margen para que finalmente este número se reduzca al 50 por ciento .
V
Hace unos meses, Ludolfo Paramio señalaba que la reemergencia del populismo redistribuidor en América Latina obedece a la crisis de los partidos tradicionales, al descrédito de las elites políticas y la fragilidad de los sistemas democráticos e institucionales . Hay que decir que no es menos importante el fracaso de las reformas estructurales impulsadas durante los años noventa y la creciente concentración del ingreso en una región que es, de suyo, la más desigual del mundo.
Ese populismo que, para algunos se extiende por la región como un virus, que “divide a la sociedad de forma maniquea entre sectores populares y oligárquicos” y basa su discurso en la confrontación, tal vez no esté haciendo otra cosa que sincerar lo que son en realidad nuestras sociedades, divididas al extremo en clases y estamentos sociales.
Es cierto, Hugo Chávez y Evo Morales (también ocurre con Néstor Kirchner) recurren al conflicto –muchas veces al conflicto entre clases sociales-- como forma de hacer política y de construir poder. A algunos eso les preocupa en demasía. Sin embargo, tal vez no se hayan puesto a pensar que el conflicto --siempre que no haga uso de la violencia-, no siempre tiene connotaciones negativas. En todo caso, hay que distinguir entre conflictos inevitables y conflictos inexplicables.
Cualquier política que pretenda realmente transformar sociedades como las nuestras tendrá que asumir y administrar cierto grado de conflicto. Lo otro es la paz de las catacumbas. Si la política es siempre así, se vuelve conservadora. Si el conflicto es sabiamente manejado, si no se provoca de forma innecesaria, puede ser necesario para hacer posible una realidad distinta.
Tal vez en 20 o 30 años, el rasgo más distintivo de esta época no sea el de un populismo que se extendió por la región como un virus desde Hugolandia hasta Evolandia, sino la de un momento de la historia en el que se renovaron las elites, inició una ampliaron de los derechos económicos, sociales y culturales y comenzamos a revertir nuestra dramática desigualdad.
Muchos quisiéramos que en América Latina un momento de transformación como ese sea conducido por una izquierda moderna, que convoque a los ciudadanos, en lugar de manipular a las masas; que apele a hombres libres, en vez de recurrir seguidores y clientelas y que utilice el argumento y la discusión racional en lugar de la retórica fácil y el denuesto.
Pero hasta ahora, salvo excepciones, esa no es esa la realidad política y social capaz de construir una nueva mayoría en nuestros países. Aceptemos entonces que existen distintas izquierdas y abramos un camino para el diálogo entre éstas, posibilitando así la eventual conformación de alianzas.
Chavez o la ira de los pobres



Chávez o la ira de los pobres
Texto y fotos: Hernán Gómez Bruera
(Artículo publicado en la revista Nexos en marzo de 2006)
Había una vez un país que se ubicaba entre los principales exportadores de petróleo del mundo; poseía reservas suficientes para mantenerse en combustión durante más de trescientos años y proveía al gran imperio estadounidense la mitad de todo su crudo importado. La nación parecía destinada al éxito.
El vital líquido oscuro daba para todo, aunque no siempre para todos. Durante cincuenta años permitió el progreso y la transformación física del país, fue capaz de mantener en auge a una burguesía rentista y dio de comer y beber a una élite que fácilmente se enriqueció en medio de un sistema estatal aceitado por los mecanismos de la corrupción.
Paradojas habituales de nuestra América, hacia el final de los años ochenta aquel petroestado se había convertido en uno de los países más desiguales del mundo. El 80% de su población se encontraba en situación de pobreza, el 20% en la desocupación y la capacidad instalada ociosa del país superaba el 50%
En 1989 vino una fuerte crisis en la balanza de pagos y la inflación se disparó hasta lo inadmisible. Su entonces presidente, Carlos Andrés Pérez, decretó un severo ajuste económico. Como consecuencia de las medidas instrumentadas, el pueblo salió a las calles a expresar su rechazo y a hacer justicia por su propia mano. De los supermercados tomaban lo que no podían obtener de forma lícita.
Aquélla expresión popular –el Caracazo-- fue reprimida violentamente en un momento en el que el modelo político bipartidista, que en incestuosa relación hizo coexistir a los socialdemócratas (AD) y a los socialcristianos (COPEI), comenzaba a desfallecer. Los viejos partidos gobernantes habían dejado de representar al país y de pensarlo, generando entre la ciudadanía una división que se iría acentuando cada vez más durante los siguientes años.
Desde tiempo atrás una conspiración había comenzado a fraguarse en los cuarteles. Se trataba de una logia de 200 militares, en la que el comandante Hugo Chávez Frías jugaba el papel más importante, y que habría de responder por el nombre de Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR-200). El ideario de aquél movimiento era una mezcla de los principios del padre de la patria de la otrora Gran Colombia, dentro de una concepción de la sociedad y la política que integraba, de forma contradictoria, las posiciones de una extrema izquierda, con las de una derecha de cuño militarista.
Según cuenta la leyenda, desde los 21 años aquel comandante se sentía predestinado por la historia ---un enviado que viene a completar la obra que dejó inconclusa ese padre-- y coqueteaba con la idea del gran asalto al poder. Desde entonces –a la manera de Napoleón-- se dedicó a esperar, siempre atento, “la hora histórica, el minuto estratégico y el segundo táctico”.
Su primer segundo táctico se produjo el 3 de febrero de 1992, cuando el presidente Pérez volvía de una gira por Austria. El golpe –cuya preparación difícilmente podía haber pasado desapercibida— fue velozmente sofocado. Rápidamente –y preparado para hacerlo--, el jefe de la asonada se dispuso a negociar.
El comandante aceptó rendirse siempre y cuando le permitieran dirigirse a la nación por televisión. Llegó entonces el segundo de inspiración: “Compañeros: lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”. El comandante pedía a todos los insurrectos deponer las armas y concluía: “Les agradezco su valentía y ante el país, y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimientos militar bolivariano.”
Dos fragmentos de su corta e improvisada declaración quedaron flotando en el aire. “Asumo la responsabilidad” y “por ahora”. Gustaban. El primero parecía una rareza en un país en el que los políticos habían quedado en el descrédito. El hecho de que, con semejante aire de bravura, un “político” se hiciera cargo de sus acciones, parecía insólito. Y luego ese “por ahora”… daba a su acción un aire de comienzo, más que de final.
Con los insurrectos tras las rejas, vinieron los años de Rafael Caldera, los últimos de la vieja clase política en el poder. En ellos se exacerba aún más el rechazo contra la política y los políticos, alimentado por los propios medios de comunicación. Tres años después de aquel golpe Chávez y los suyos son indultados y forman el Movimiento V República, a partir del cual pronto irán conformando una alianza política más amplia.
En un principio, su movimiento promueve el abstencionismo porque –argumentan-- el sistema electoral era “fraudulento, ilegal e ilegítimo”. El escenario empieza a modificarse cuando, un grupo de ex comunistas con Luis Miquelena a la cabeza, logran convencer a Chávez que, de no volcarse a la participación electoral, perderá la ascendencia que tiene en el país. Se veía claramente que había un gran vacío y el comandante podía ocuparlo porque su figura no tenía nada que ver con la política de las últimas décadas.
De aquella época proviene también la relación de Chávez con Norberto Ceresole –un sociólogo argentino --polémico personaje-- que había sido parte de Montoneros y cumplió más tarde distintos roles en movimientos latinoamericanos. Se especula que, con el tiempo, Ceresole alcanzó una gran influencia en Chávez y que sembró en el ex golpista una teoría que, sustentándose en la unión del ejercito y del pueblo en un movimiento cívico-militar, hacía necesaria la concentración del poder en un solo jerarca.
Para Ceresole, la fórmula de la victoria consistía en solidificar la ecuación Caudillo+Ejército+Pueblo, en una relación en la que la concentración del poder sería la herramienta imprescindible para operar e incidir en la Historia. Esta concentración, además, sería necesaria para la producción de un poder en medio de un entorno exterior agresivo. Así, la respuesta más eficaz sería incrementar un poder que Ceresole resumía como la suma ordenada de dos elementos: el amor activo del pueblo y la lealtad de los ejércitos.
En sus escritos, Ceresole plantea una democracia que vaya más allá del los presupuestos del enciclopedismo. La fórmula alternativa que propone, asumiría el nombre de “postdemocracia”. Entre sus valores, destacaría el mantenimiento de un poder concentrado, unificado y centralizado, garantizado siempre a través del poder de un caudillo. El entonces asesor de Chávez –enfrentado al hoy vicepresidente José Vicente Rangel y expulsado del país en 1999 en circunstancias poco claras-- llegó a especular, incluso, con una democracia sin partidos políticos en el sentido clásico y sin eso que consideraba “su parafernalia doctrinaria”.
Así, influenciado por estas concepciones –el tiempo demostró que calaron en el proceso venezolano--, el comandante se preparó a medir por primera vez su fuerza en las urnas. Nunca antes había competido por puesto alguno. Se había hecho a la idea de llegar al poder por la fuerza militar y –acaso— por la fuerza de sus convicciones, pero nunca a través de las reglas de la rancia democracia impuesta por la oligarquía
Para 1996, sin embargo, las simpatías que había ganado cuatro años antes, no habían logrado traducirse en una sustantiva intención de voto. A finales de ese año, difícilmente rozaba el 7 por ciento en las encuestas. La mayoría de los venezolanos se inclinaba entonces por la hermosa Irene Sáez, la otrora Miss Universo que había llevado a cabo una gestión exitosa al frente de una alcaldía caraqueña.
Irene –al igual que Chávez— era una outsider que había sabido aprovechar los tiempos modernos de la antipolítica, llegando a sumar un 49.2% de popularidad. Pero sus días estaban contados. Su debacle no tardó en ocurrir, cuando uno de los partidos tradicionales vio en ella la salvación y creyó que sobre su pecho luciría mejor la bandera de COPEI. Su popularidad se fue a pique inevitablemente.
Por fin una constelación estelar había alineado la hora histórica, el minuto táctico y el segundo inspirador. Luis Miquelena --algo así como el José Dirceu del venezolano, aunque menos capaz de domesticar a su presa--, logra persuadir a Chávez para que explicite su deslinde de la vía violenta y modere su discurso. Chávez acepta, aunque siempre de forma ambigua, para evitar defraudar a los sectores más duros –desde entonces los más movilizados— de su propio movimiento.
La gran interrogante entonces –narra el historiador Agustín Blanco, hoy crítico del chavismo-- era si el Departamento de Estado aceptaría a un ex golpista en la presidencia de Venezuela. Pronto se vio que sí. El 4 de diciembre de 1998, junto con el entonces embajador John Maisto se organiza una reunión en la Embajada de Estados Unidos de la que –a decir de Blanco—sale la luz verde a su gestión. El 8 de diciembre, cuando Jimmy Carter se retira del país, anuncia: “Me voy muy contento. En Venezuela acaba de empezar una revolución democrática”.
Siguiendo una estrategia de pragmatismo, Chávez centra su campaña electoral en el combate al principal enemigo interno --la corrupción--, en medio de una crítica aguda a la vieja política. Su discurso le vale un apoyo multliclasista y logra despertar enormes simpatías.
Aunque pocos opositores derechistas quieran hoy recordarlo, el apoyo que entonces recibió el comandante de los grandes medios de comunicación o el que le brindó el propio Gustavo Cisneros, magnate de los medios venezolanos y el hombre más rico del país -- no fue despreciable.
“Juro delante de Dios, delante de la patria y delante de mi pueblo –afirmó al asumir— que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna adecuada a los nuevos tiempos”.
A menos de tres meses de haber asumido la presidencia, el comandante saboreaba otro de sus grandes momentos: el 25 de abril los venezolanos aprueban, en referéndum –aunque con una abstención que supera el 60 %--, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente.
La pequeña constitución que hoy hace de manual programático a la nueva elite política en Venezuela, está llena de bellas --y polémicas— formulaciones. La nueva República Bolivariana de Venzuela deja de ser –a solas—un Estado de derecho, para convertirse en “un Estado de derecho y justicia”. Ya no será más una democracia llanamente representativa, será ahora, también, una “democracia participativa” y un Estado que no admite ninguna forma de discriminación.
Pero a la par de todo esto Chávez se asegura –con visión revolucionaria— el control del poder por un largo periodo. Se pespuntea la reelección inmediata del Ejecutivo y se estira el periodo presidencial de 5 a 6 años, con lo que el comandante podrá estar en el poder, cuando menos, 12 años consecutivos. Pasa también una propuesta novedosa y riesgosa: la posibilidad de revocar el mandato de los funcionarios públicos, incluido el propio jefe de Estado.
Fiel a sus orígenes, Chávez convoca a un buen número de militares a asumir espacios tradicionalmente ocupados por civiles. Se calcula que actualmente hay más de 100 militares en puestos directivos y de confianza dentro de las empresas del Estado, en servicios e institutos autónomos y nacionales, así como en fondos gubernamentales, fundaciones y comisiones especiales. Visto a la distancia, el proyecto de una Fuerza Armada transformada en partido político, gerencia pública y actor central de la sociedad –el guión escrito por Ceresole— parece cumplirse al pie de la letra .
En el ámbito de la política económica, aunque lo contradiga su retórica, los primeros años del gobierno chavista son de cautelosa ortodoxia económica. El comandante ratifica a la ministra de Hacienda de Caldera, Maritza Izaguirre, en un año difícil, cuando el presupuesto nacional, calculado sobre la base de 13 dólares por barril, baja a 7,20.
Estrictamente hablando, Chávez no afecta un solo interés norteamericano. Una de las primeras medidas que toma es eliminar la doble tributación. Más allá de su discurso contra el capitalismo salvaje y su prédica antineoliberal, abre la industria de las telecomunicaciones, del gas y de la electricidad a inversionistas extranjeras y, aunque se refiere a Michael Camdessus como un “asqueroso instrumento de explotación al servicio de los poderosos del mundo”, no se aparta de las líneas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional .
En febrero de 2002, luego de la crisis económica que sigue a la presión sobre el tipo de cambio, el gobierno se ve obligado a impulsar un nuevo programa de ajuste, típicamente ortodoxo, que busca contrarrestar con un discurso crecientemente izquierdista y revolucionario.
En 2000, Chávez se presenta nuevamente a elecciones. Sorprendiendo los pronósticos opositores, su rating aumenta tres puntos porcentuales. Si en 1998 votó por él el 56,2% de los venezolanos, ahora lo hace casi el 60%, un hecho insólito para un gobernante en reelección. El sueño de ejercer un poder absoluto se va haciendo realidad. Con un amplio respaldo en las urnas, solicita a la Asamblea Nacional, dominada por dóciles partidarios, poderes extraordinarios para legislar sus famosas 49 leyes, esas que, a juicio de la oposición, atentan contra la libertad, la seguridad jurídica y la propiedad privada.
Promulga así la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, que el propio Chávez presenta en su programa de radio como “candela pura”. La normativa resulta especialmente polémica porque somete la actividad agropecuaria a los designios del gobierno, al darle poder para decidir la actividad de las haciendas privadas. En honor a la verdad, sin embargo, la norma no va más allá de la Ley de Reforma Agraria de 1960, dictada por el socialdemócrata Rómulo Betancourt, más radical en algunos aspectos .
Chávez hace de la confrontación su modo particular de hacer política y obtiene de él sus principales réditos. Antes que rehuir los choques, parece buscarlos, promoverlos. Con un discurso que da contenido ideológico a la iniquidad social e infunde el temor a la cubanización, profundiza la división social. De esa forma, los sectores que en un principio simpatizaron con él, o fueron neutrales a su primera candidatura, comienzan a verlo como un enemigo peligroso. El ex golpista pierde el centro político.
Pero, ¿quién es realmente el comandante Hugo Chávez? ¿Cuál es su verdadera definición ideológica? Aún hoy nadie lo sabe a ciencia cierta. Hay un Chávez para cada momento histórico y para cada cotización de los precios internacionales del crudo. En su primer libro de entrevistas –hay varias decenas de obras que abordan al personaje— resulta imposible escrutarlo.
Cuando Agustín Blanco le preguntó en los noventa si su identificación política estaba en el marxismo respondió así: “creo que las soluciones están más allá o más acá del marxismo, pero no en él”. Y agregaba: “yo no soy marxista pero no soy antimarxista. Ni soy comunista ni anticomunista”. En todo caso, Chávez es bolivariano. Pero ante la duda insistente “¿dónde se ubica usted, señor, en la izquierda o en la derecha”, responde: “no sé, no me ubico. Yo me niego a ubicarme, a limitarme a un sector que además no está bien definido. ¿Por qué tengo que inquietarme por ubicarme en alguna de las corrientes de pensamiento?”
No parece ser ésta la postura actual del Chávez que hoy llama a “construir el socialismo del siglo XXI”, ni la que inspiró a reeditar, en agosto de 2005 en la ciudad de Caracas, uno más de los viejos festivales mundiales de la juventud que tuvieron lugar en las capitales del imperio soviético.
No se puede olvidar aquella nostálgica escenografía de contingentes ingresando al Fuerte Tiune –de arquitectura típicamente fascista—al unísono de “el pueblo unido jamás será vencido”, ni aquélla clausura en el poliedro de Caracas, en la que el comandante arengó a una multitud de casi 20 mil jóvenes de todo el mundo a cantar: “Juventud comunista, marxista-leninista..”
A pesar de predicar un “mundo multipolar”, Chávez parece buscar la revitalización del viejo mundo bipolar. El comandante –cada vez más cercano en discurso y diplomacia a Fidel Castro— parece apostar por el liderazgo de lo marginal frente a la prepotencia de volumen que, más temprano que tarde, dejará su par cubano. ¿Será que su apuesta es entonces encabezar la futura alianza antiimperialista?
Muchas otras preguntas quedan en el aire. ¿Es realmente Chávez un personaje de la “izquierda borbónica” y del antiimperialismo? ¿O será más bien un oportunista que se ha apropiado de ese discurso y esos símbolos de la izquierda y del nacionalismo para movilizar multitudes en su propio beneficio?
“No creo que Chávez pueda ser definido como un marxista-leninista –responde Teodoro Petkoff, un ex comunista y fundador del MIR, hoy opositor--. En primer lugar porque no tiene esa formación. No se percibe en él el más mínimo trazo. Ni siquiera creo que haya leído los folletos divulgativos del marxismo, vamos creo que –para su beneficio-- no leyó ni a Martha Harnecker”.
Y sigue: “Chávez es un izquierdista silvestre que ha compatibilizado una sensibilidad social –que sin duda la tiene— con una visión del mundo autoritaria y autocrática. Es el más claro ejemplo de la estirpe latinoamericana del caudillo. Ese discurso comunista y postizo que hoy le escuchamos tiene mucho que ver con la relación casi carnal que mantiene con Fidel Castro” .
Algo similar plantea Agustín Blanco cuando afirma: “Dentro del movimiento chavista hay grupos muy radicales que reclaman una revolución de verdad. Dado que el llamado bolivarianismo no es ninguna fundamentación ideológica y política ni representa ningún proyecto de sociedad, Castro le vendió a Chávez la idea de que el camino no podía ser otro que el socialismo. No había otra posibilidad. De ahí esta segunda revolución made in Cuba”.
Aunque Chávez gusta de llamar a lo suyo “revolución” en ninguno de los sentidos clásicos del término se puede afirmar que lo que hay en Venezuela lo sea. Allí no ha ocurrido un cambio violento (la clásica definición de Bobbio), pero tampoco se han producido transformaciones profundas en las estructuras económicas o sociales. De esa forma, la idea de revolución sólo tiene cabida en sentido figurado y –de no reconocerse así—no pasa de ser un recurso retórico.
Aunque es cierto, no sólo de pan vive el hombre. La emoción chavista –ese vínculo afectuoso, incuestionable y casi religioso-- nutre a buena parte de la masa popular, frustrada y desencantada por años de abandono e injusticia, más allá del elevado gasto social, las políticas públicas del gobierno no han logrado modificar las causas estructurales de la pobreza. Tan es así que, según cifras oficiales, el número de personas en esta situación pasó de 23 millones 867 mil en 1999 a más de 26 millones en 2004 y el desempleo subió de 15 a 18 por ciento (con una reducción importante en el último año).
“Lo que hay aquí –afirma Teodoro Petkoff-- es mucha palabrería sedicentemente ‘revolucionaria’. Puro ruido y furia que ha tenido efectos devastadores sobre el tejido anímico venezolano y lo ha escindido en dos mitades” . Tal vez Luis Miquelena --la mano derecha de Chávez hasta abril de 2002--, no se equivocó cuando afirmó: “Chávez engañó a medio país con una revolución inexistente y asustó a la otra mitad con la amenaza de ella”.
Petkoff no se equivoca cuando afirma: “Ante todo y por encima de todo Chávez es un político y cada una de sus performances actorales está consciente, deliberada y estrechamente colocada al servicio de un indisimulado objetivo político” .
El comandante podría ser, en esencia, un Leviatán que sigue esa tendencia general y ese perpetuo e impaciente deseo de poder que sólo puede garantizarse buscando más poder. Su estrategia para cumplir ese deseo es bastante más lúcida de lo que ha pensado una oposición reaccionaria y retrógrada que permanentemente lo subestimó por su procedencia de clase, su rupestre intelectualidad --y triste, pero ciertamente-- su origen racial.
Chavez es y seguirá siendo fuerte mientras sepa enarbolar la redención social de los más pobres. La clave de su éxito y de su permanencia en el poder radica mantener una estrategia de confrontación retórica que ha logrado que las elites venezolanas caven cada vez más hondo su propia tumba, que se muestren tal cual son: desvergonzadamente excluyentes, discriminatorias, ajenas a las preocupaciones de los más pobres y, para colmo, ahora también golpistas y antidemocráticas, calificativos que otrora se le endilgaron a él.
Paradójicamente, todo lo que ha hecho la oposición para debilitar a Hugo Chávez lo ha fortalecido formidablemente. El golpe de Estado en 2002 le permitió depurar las Fuerzas Armadas y llenarlas de adeptos e incondicionales; la huelga nacional que paralizó la industria petrolera, hacerse del control absoluto de PDVSA, y el referéndum revocatorio, probar internacionalmente su legitimidad democrática. Hay muchas lecciones que se pueden obtener de todo esto.
Una de las obras más serias y ecuánimes escritas hasta ahora sobre el comandante –Hugo Chávez sin uniforme— desentraña un discurso que –a decir de sus dos autores—“genera confiabilidad y fidelidad (…) pulsa los sentimientos escondidos, los miedos y los resentimientos, acude a experiencias concretas de rechazo e injusticia y construye, desde ahí, una voz, un plural del cual él es el protagonista”. (La oligarquía no nos quieren, se ha burlado de nosotros, les damos asco, se le suele escuchar).
“Chávez habla con una sencillez desconocida por los viejos políticos. Pone siempre ejemplos, se explica a través de anécdotas y maneja a la perfección los códigos populares. También en el territorio del habla sabotea la supuesta solemnidad oficial, desdeña las formas y se muestra popularmente espontáneo”.
Y sigue así la observación: “De manera constante recuerda su historia, su origen humilde y rural. No sabe inglés y, públicamente, se burla de su propia y precaria pronunciación. Se autoproclama feo, popular, sin propiedades, sin educación para las altas galas y sin otra ambición que el cariño sencillo a los más necesitados” .
Hay otro factor importante que no se puede dejar de mencionar. Pésele a quien le pese, Chávez ha logrado demostrar que el suyo es un gobierno electo democráticamente. Puede ser que en los procesos electorales haya irregularidades, pero la acusación de fraude no pasa de ser una ridiculez de la oposición (que ha terminado por sepultarla). Puede ser también que el comandante ejerza un férreo control sobre los poderes públicos, como también ocurre o ha ocurrido en otros países de la región.
Unos cuantos días en Venezuela son suficientes para darse cuenta que –más allá de una relación crispada-- no hay mayor censura en los medios. La forma en que se critica y hasta se ridiculiza al presidente de la República Bolivariana de Venezuela en la televisión y en los diarios así lo demuestra.
Lo que puede haber, en todo caso, es un ejercicio peligroso de vinculación con la prensa –señala Teodoro Petkoff hoy, director del vespertino Tal Cual-- y un conjunto de instrumentos como la nueva Ley de Responsabilidad Social para Radio y Televisión que, en determinadas circunstancias, podrían ser utilizados contra algunos medios.
Así, el gobierno podría, legalmente, suspender de forma temporal o definitiva un canal de televisión alegando que éste ha hecho apología de la guerra o el delito o que ha atentado contra la “seguridad de la nación”. Pero, más allá de esas discrecionalidades, no se trata de nada que no suceda en alguno de nuestros países. Chávez se parece bastante a otros gobiernos latinoamericanos, en cuyas falencias no parecen haber reparado las “democracias decentes”.
La realidad, sin embargo, es que Chávez –aunque ejerza prácticas autoritarias típicas de un caudillo latinoamericano-- tiene al menos un pie puesto en el respeto a la formalidad democrática, muy a la manera del viejo PRI. Durante los meses posteriores a su triunfo en el revocatorio, Chávez ha copado además, los poderes locales. Hoy tiene 22 de las 24 gobernaciones del país, 280 de las 335 alcaldías y prácticamente todos los consejos municipales.
Eso se ha logrado en buena medida gracias a que los instrumentos electorales favorecen desmesuradamente a la primera minoría, lo que le da más espacio en las instituciones del que realmente tendría de acuerdo a los votos. Sin embargo, el de Chávez no es un gobierno dictatorial, mucho menos totalitario a la cubana, como quisiera verlo el Departamento de Estado norteamericano. La autoridad que ejerce Chávez requiere un análisis más riguroso.
La construcción de poder que ha logrado el comandante se basa en la afirmación de su personalidad y, claramente, en la fascinación que ésta despierta en las clases más pobres. Su formación militar –que por su propia naturaleza no es democrática sino afincada en la idea de la disciplina vertical y la subordinación escalonada-- converge con la tradición dictatorial, autoritaria y no democrática de la vieja izquierda, pero no ha incurrido en sus excesos totalitarios.
Hoy el presidente venezolano no es el primero entre sus iguales, sino un tótem reverenciado, alrededor del cual se ha construido una atmósfera de adulación –y de miedo--, muy común entre quienes tienen una concepción revolucionaria de su papel en la Historia. Como señala Petkoff, desde los lejanos tiempos de la revolución francesa, --cuando Saint Just acuñó aquella expresión “la revolución se defiende en bloque, quien la discute en el detalle la traiciona”-- la mentalidad revolucionara ha demostrado ser de una intransigencia absoluta: dentro de la revolución todo, fuera de ella nada, dice la máxima castrista.
Ahora, más allá de estas disquisiciones que hacen a la personalidad del caudillo, no se puede dejar de reflexionar sobre el fenómeno social que ha vivido Venezuela durante los últimos años. Si un logro se le puede atribuir al gobierno de Chávez –así lo reconocen los opositores racionales-- es haber colocado el tema de la pobreza --por primera vez y seguramente para siempre--, en el centro del debate político.
El vago, desgastado y tantas veces utilizado concepto de populismo o el aún más ambiguo uso del neopopulismo - tal vez sirvan para condenar una personalidad, pero no necesariamente para explicar fenómenos sociales como los que ha vivido Venezuela durante los últimos años.
Si nos apartamos un poco de esas definiciones más peyorativas del concepto --como lo plantea Ernesto Laclau en su Razón Populista-- puede haber material para una reflexión más profunda sobre el proceso social que vive Venezuela más allá de la crítica a Hugo Chávez, su personaje central.
Según plantea el sociólogo argentino, podríamos entender por populismo la existencia de un régimen que garantiza el camino de la política, evitando que ésta se convierta en mera administración. Un régimen populista es aquél que permite movilizar a las masas desde el poder para ayudar a la formulación y deliberación de sus demandas.
En ese orden de ideas, encontramos en Venezuela masas políticas que –más allá de formas clientelistas-- nunca habrían participado del sistema político. En tal sentido, sería natural que en el momento en que esas masas se lanzan a la participación, lo hagan a través de la identificación con cierto líder. Posiblemente, no participarían si el sistema estuviera en manos de las elites políticas del pasado. Pero, ¿de qué forma están participan? ¿Incidir en la formulación y control de las políticas públicas? ¿Realmente participan o sólo son parte de un festín verbal?
Hasta ahora, la condena a la personalidad de Hugo Chávez ha cegado a sus opositores, e incluso a algunos intelectuales, a la posibilidad de entender un fenómeno social complejo que, muy posiblemente, no tendrá vuelta atrás en poco tiempo. Sin que se entienda como una justificación o una defensa, no hay que olvidar que el chavismo es hoy más que Hugo Chávez, de la misma forma que el peronismo fue --y todavía es- más que Juan Domingo Perón.
Venezuela ha cambiado profundamente en los últimos años en lo que atañe a la autoestima de los sectores populares y la forma en que conciben y asumen papel en la política. Sin lugar a dudas, ello representa una interesante avenida de transformaciones, aunque también puede implicar riesgos, si el accionar de esos sectores desborda al aparato político chavista e impide que las crecientes demandas se expresen por los canales adecuados.
Hoy el gobierno de Hugo Chávez debe responder a una gran cantidad de situaciones –tantas como las expectativas que ha generado-- para las cuales no es competente administrativamente. El lastre latinoamericano de la corrupción –además- no está ausente y seguramente también pasará factura.
Durante sus primeros años, los programas sociales que se impulsaron fueron muy ineficientes. Cuando comenzaban a parecerse demasiado a las prácticas clientelistas, burocráticas y corruptas de gobiernos anteriores, el gobierno decidió comenzar a instrumentar sus llamadas “misiones bolivarianas”.
A través de estas misiones, originadas a partir de 2003, el gobierno venezolano –asesorado por sus pares cubano-- ha puesto a disposición de los más pobres una batería de programas que funcionan a través de una suerte de “Estado paralelo”, en el que se promueve una activa participación de la sociedad. En el ámbito de la salud –gracias a la buena mano de los isleños—se han alcanzado resultados satisfactorios.
“Barrio Adentro”, el primero de éstos, está destinado a atender los problemas de salud de las grandes barriadas populares. Sus protagonistas son médicos enviados por el gobierno de Castro que se han mudado a esos sectores para enfrentar in situ algunas emergencias. Esta misión ha permitido descongestionar y aliviar los servicios de salud –por lo general deficientes—de los grandes centros.
A este plan le siguieron, de manera escalonada, una serie de programas educativos: la Misión Robinson, un plan de alfabetización –también por los cubanos— que ha logrado alfabetizar –con resultados de calidad aún desconocidos-- a un millón 200 mil personas; la Misión Sucre y la Misión Ribas, dedicadas a atender a aquellas personas que no habían podido estudiar o se han visto obligadas a abandonar sus estudios.
El primero, compacta en dos años la formación que un estudiante recibe en 5 y, supuestamente, califica a un estudiante para ingresar a la universidad. Los otros, constituyen una suerte de “universidad paralela” que apunta a masificar la educación superior. Estos programas, sin embargo, ponen énfasis en el acceso a la educación –y la ilusión que esto conlleva-- , antes que en los criterios de calidad necesarios para promover su inserción efectiva en el mercado laboral.
Suele decirse de forma recurrente que las misiones son utilizadas de forma política y asistencialista y que se utilizan para la creación de contingentes ideológicos chavistas. Varios expertos consideran que las misiones son “desordenadas”, “inauditables”, “improvisadas”. Otros las descalifican, a rajatabla, de populistas.
Aquellas podrán ser críticas válidas para los ámbitos académicos o las discusiones de café. Sin embargo, no significan nada para quienes están sumidos en la pobreza o en la miseria y al menos reciben un estipendio –modesto, aunque masivo— a cambio de alfabetizarse, de estudiar o de aprender un oficio, como ocurre con este tipo de programas.
Lo que realmente es preocupante, más allá del gasto social –que más que gasto siempre es inversión y que es preferible a la apropiación por parte de una elite rentista— es su insustentabilidad en el largo plazo. Más allá de que se desarrollen políticas que –con dificultades y problemas— permitan desarrollar el capital humano, el problema de Venezuela es que seguirá dependiendo de los recursos del petróleo.
Y es que a diferencia de otros populismos --como el de Perón en Argentina o el de Vargas en Brasil--, la política económica del chavismo no tiene nada que ver con un proyecto nacional de desarrollo productivo. Es cierto que el gobierno venezolano ha liberado el gasto público, pero sólo para expandir el consumo. En contraparte, no ha habido hasta ahora una política decidida de crecimiento industrial del país ni de las fuentes de trabajo. El 60% de la población fluctúa entre la informalidad y el desempleo abierto.
Hoy los pobres de Venezuela reciben subsidios masivos por parte de un Estado que concibe que su función es brindar bienes públicos. Según encuestas de Datanálisis – una de las principales consultorías de opinión del país— el 45,6% de la población de recibe algún tipo de beneficio por parte de las misiones del gobierno . Casualmente, desde la instrumentación de estos programas, la popularidad del gobierno chavista no ha dejado de aumentar y le permitió asegurar un amplio margen de triunfo –fuera de toda duda-- en el referéndum revocatorio.
Para su tranquilidad, no se espera en el corto plazo una caída de los precios del crudo. Los próximos dos años serán de bonanza y Chávez llegará al 2006 con la fuerza para ganar --con un cómodo margen--, las elecciones presidenciales. Pero aún si cayeran los precios del vital liquido, podría mantenerse en el poder cuando menos hasta el 2013. Creer –con un pensamiento economicista-- que las cuatro patas de la mesa que se sostiene a Hugo Chávez descansan solamente en los precios altos del crudo es subestimar una vez más a Hugo Chávez.
Cuando una eventualidad económica ponga en aprietos al comandante, tendrá enemigos dentro y fuera a quien culpar, ya a la oligarquía venezolana, ya a Mister Danger y al imperialismo, ya a los malévolos tentáculos del neoliberalismo. Y si con eso no bastase, Hugo podrá echar mano de inmensos contingentes de hombres y mujeres en quienes ha sembrado la esperanza –“nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas”, decía Anatole France--, así como de los obedientes poderes públicos de esa democracia que, para Chávez y los suyos, no es sino un instrumento táctico por el que han transitado hasta ahora.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)